domingo, 30 de enero de 2011

Día de Mercado


Caminaba sin rumbo entre la maraña de tenderetes y gentes. El calor de cuerpos apiñados se extendía desde el suelo húmedo. Los olores del mercado se mezclaban y creaban una atmósfera densa y nauseabunda.
En un rincón un poco apartado vio un puesto que le llamó la atención. Pasó a su interior tras sortear un innumerable amasijo de cachivaches colgados del techo de lona. Un comerciante viejo, con cara de sinvergüenza, le saludó mientras frotaba las manos con avaricia. Sobre el mostrador se amontonaban objetos fascinantes. Sus manos tímidas tocaban las miniaturas bajo la mirada vigilante del mercader.
Se enamoró de un pequeño elefante tallado en madera negra, pero cuando supo el precio se derrumbó su ánimo. Su escaso capital apenas cubría la cuarta parte del montante. Intentó regatear, pero el hombre no cedió ni un céntimo en sus pretensiones. Salió de allí con el odio latiendo en las sienes. Volvió la vista atrás y observó al comerciante atareado en colocar la mercancía sobre el pequeño mostrador. Tomó una piedra grande del suelo y por el hueco que se abría, la lanzó con furia. Impactó de lleno en la cabeza del hombre. El pánico se apoderó de él cuando el viejo saltó en pedazos con un horrible estruendo de cristales rotos.
Huyó de allí a toda prisa. Tropezó con los obstáculos que frenaban su carrera. La gente increpaba su conducta y alguno le soltó un manotazo.
Alcanzó una zona tranquila a la vuelta de una esquina solitaria. Se recostó en la pared sucia. El corazón amenazaba con salir por la boca. La imagen del comerciante haciéndose añicos le horrorizaba. Su alma infantil creía en la magia. No sabía que, en realidad, su certera piedra había impactado en un espejo.

Víctor Manuel Jiménez Andrada
(publicado en Letras Breves n. 0 -verano 2010)

Ilustración: Mercado en la Plaza Mayor
Francisco López de Pablo Fernández

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