jueves, 13 de enero de 2011

Haití


En estos tiempos estamos muy preocupados por la crisis económica. El problema del paro es un laberinto de difícil solución, tendremos que trabajar más años para poder sostener el sistema de pensiones y escuchamos, en todos los medios de comunicación, términos como primas de riesgo, emisión de deuda, rescate a países, variación de los mercados financieros, caídas de la bolsa... Es una reacción normal, en este caso, temer por nuestro futuro y nuestro bienestar. Pero hay crisis más dramáticas y terribles en otras partes del mundo. Hace un año que ocurrió la tragedia de Haití y poco ha cambiado el paisaje para miles de seres humanos que lo perdieron todo en los escasos segundos que duró un terremoto que se llevó por delante 230.000 almas. Más de 800.000 personas malviven en la calle en campamentos improvisados, el cólera se extiende por los rincones del infortunio y siega vidas a su paso, solo se han retirado un 5% de los escombros, el decorado es una ruina permanente donde la violencia reina entre la desesperación. A todo esto hay que unir la casi inexistencia de un gobierno incapaz de gestionar y tomar decisiones. Es cierto que la comunidad internacional se volcó en un principio, pero se prometieron muchas ayudas que no han llegado y que, tal vez, no lleguen jamás. Haití era ya uno de los países más pobres antes de que el terremoto lo hiciera protagonista en todas las portadas y creo que poco va a cambiar la situación. Desgraciadamente siempre sucede lo mismo, mientras aquí vemos, con cierta angustia, como cae un chaparrón, en otros lugares llueve sobre mojado y se ahogan en la miseria.

Víctor Manuel Jiménez Andrada

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