sábado, 10 de marzo de 2012

Cauces

Parece que va a hacer la compra. Pasea con un carro por el parque, como si estuviera muy atareada. Va hablando sola, igual que aquellos que ahora llevan el manos-libres en el móvil, pero no hay que ser muy listo para saber que la mujer habla consigo misma, en susurros que apenas pueden oírse. Luego uno mira el reloj y se da cuenta que a la hora que está en la calle los comercios tienen sus puertas cerradas.

Solo hay que observar un poco, salir de ese interior en el que vamos metidos, para ver que a nuestro alrededor suceden cosas que de alguna manera podemos calificar de extraordinarias. Todo aquello que no sigue el curso de un río que creemos ya marcado nos es extraño, pero la vida está llena de regatos que corren libres, fuera de los cauces que se disponen en el seno de una sociedad “estable”. Supongamos por un segundo que la buena mujer nos mira cuando pasamos junto a ella. Supongamos que nos habla, que nos pregunta algo, que nos sonríe con simpatía. El cauce que nos lleva por aguas tranquilas, en un momento se ve mezclado con el cauce turbio de un pequeño afluente. Seguramente nos sentiremos inquietos y no sabremos cómo reaccionar de forma natural ante un rostro que espera de nosotros una palabra o simplemente una sonrisa. Los pocos segundos de conversación se nos harán eternos, miraremos a los lados, para asegurarnos que nadie conocido nos asocie con una persona que no es o no parece normal. Después seguiremos nuestro camino, suspiraremos aliviados, aunque en nuestro interior sentiremos una especie de vergüenza inconfesable.

Hace muchos siglos que los cauces están marcados y que los ríos transcurren por ellos. No nos atrevemos a refutar lo que durante tanto tiempo se ha consolidado y no nos planteamos que la frontera que establecemos entre lo que es o no normal, no es más que un punto de vista completamente discutible. Habría que preguntar a quién navega en el regato fuera de los grandes cauces qué opina de todo esto. Seguramente su perspectiva será diferente a la nuestra y vea en nosotros regatillos nerviosos que corren sin sentido, para desembocar definitivamente en un mar en el que va todo a parar. Mañana volveré a verla con su carro, más allá de las tres de la tarde. Esa hora rara que es una frontera artificial. Me sentiré algo apenado, pero tal vez, ella al verme sienta lástima por mí. Quizás piense: ”Pobre hombre, dónde irá tan tarde, seguramente regrese del trabajo y acuda a comer a su casa. Vaya horarios tienen estos locos”.


Víctor M. Jiménez Andrada
publicado en Cáceres en tu mano. 24/1/2012

1 comentario:

alfonso dijo...

Felicidades cuñao. Bonita reflexión. Y muy cierta...

Saludos