martes, 15 de mayo de 2012

Cuando fuimos tan crueles

A la hora del recreo, hay siempre un niño solo en el patio. Todos los demás juegan mientras él se refugia en un rincón. Mira a los otros con una mezcla de envida, admiración y vacío, muy quieto, como si temiera ofender a alguien. Tiene nueve años y ya sufre la herida que tendrá abierta toda su vida. Es diferente a los demás y lo rechazan por eso. No se le dan bien las matemáticas, ni la lengua, ni siquiera la gimnasia. Sin embargo, no le falta una sonrisilla en la cara cada vez que alguno le llama por su nombre, aunque sea para burlarse de él.
Lo recuerdo así, paradito, mirando fijamente con aquellos ojos grandes y desproporcionados. Eran principios de los años ochenta y estábamos en cuarto curso. Por entonces las cosas funcionaban de otra forma. Había un profesor al que le gustaba ridiculizarlo delante de todos. Le hacía que se tumbara en el suelo, que saltara, que cantara con su vocecilla aguda, que hiciera el mono... Los demás nos reíamos a carcajadas y aquellos momentos eran los más felices del día en nuestros pequeños y crueles corazones. Ahora me parece que fui cómplice de algo horrible, pero yo era “normal”, como mis compañeros, y había que despreciar al diferente. Existían normas no escritas que justificaban nuestra conducta.
Vergüenza. Ese es el sentimiento que sobrevuela mi cabeza cada vez que algún recuerdo al azar me trae las imágenes de aquel niño que un buen día desapareció del colegio y que nunca más volvimos a ver. Finalmente supimos que sus padres habían aceptado la realidad y se lo habían llevado a otro sitio donde le pudieran ayudar. Por desgracia, del profesor solo conservo su estampa despiadada. No digo que aquel hombre no tuviera también valores positivos, pero jamás me llegaron a calar sus enseñanzas.

Víctor M. Jiménez Andrada
Publicado en Cáceres en tu mano, 22-feb-2012

1 comentario:

jesús Fernandez dijo...

me gusta mucho...