Noche de Reyes
Cuando el reloj del salón marcó las once y media de la noche, entendió que las niñas debían estar dormidas. Se levantó del sofá y amortiguó sus pasos lo mejor que pudo. La mujer le siguió con sigilo, abrió la puerta principal y le besó. El hombre cruzó el umbral de puntillas y luego cerró con un leve crujido.
Encontró el interruptor de la luz a tientas. Al accionarlo, tuvo que parpadear un rato porque sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra.
Pulsó el botón del ascensor. En pocos segundos la puerta metálica se deslizó con suavidad. Introdujo la llave en el panel de control para descender al semisótano donde se encontraban el garaje y los trasteros.
El ascensor llegó a su destino. Frente a él apareció la puerta de chapa amarilla que daba acceso a los bajos del edificio. Desde el garaje al interior solo se podía entrar con llave.
La iluminación era escasa. Había varios tubos fluorescentes averiados, además del parpadeo molesto de los que se situaban sobre la entrada. El garaje estaba a la mitad de su capacidad. Algunos vecinos se habían marchado a pasar las fiestas fuera.
Hacía mucho frío. Se arrepintió de no llevar un chaquetón sobre la ropa ligera de andar por casa. En la calle, la niebla había bajado tanto que se podía cortar. Unas horas antes disfrutaron de la cabalgata de Reyes, pero la espera a la intemperie le provocó un dolor intenso en los pies que aún persistía. No soportaba el ambiente frío y húmedo de enero.
El silencio se rompía a veces por el quejido hueco de las bajantes. Fue entonces cuando algo parecido a un latigazo le recorrió el cuerpo. Su instinto le decía que no estaba solo. Se dio la vuelta y miró con detenimiento por todos lados, pero las sombras se vertían por el garaje y era imposible distinguir si detrás de algún coche o alguna esquina se ocultaba alguien.
Quiso espantar aquella idea de su cabeza y a la vez que abría la puerta de acceso a los trasteros, silbó un villancico aprendido de niño. Eso le infundió ánimos.
Su trastero era el último de un pasillo estrecho. Avanzó despacio sobre el suelo de cemento. A ambos lados, las puertas escondían la intimidad de objetos inútiles. Una única lamparita, adosada a la pared de la izquierda, emitía más tinieblas que luces.
Sus manos congeladas buscaron la llave en un manojo donde todas parecían iguales. Probó una al azar pero no abrió. Siguió tanteando hasta dar con la correcta. Las dos vueltas del cerrojo originaron un sonido que se extendió con un eco uniforme. Encendió la bombilla que colgaba de un cable del techo. Allí estaban los paquetes envueltos en papel de regalo, en el mismo sitio donde los había guardado por la mañana. Cuando se disponía a cargarlos lo oyó con toda claridad. No sabía decir si eran pasos, algo se acercaba. Pensó que algún vecino iba a hacer lo mismo que él y la idea le provocó una sonrisa espontánea y nerviosa.
—Hola —dijo con la voz entrecortada—, ¿hay alguien ahí?
El silencio fue la única respuesta. Repitió el saludo sin éxito. Intuía que algo marchaba mal. Sin cerrar el trastero y sin coger los paquetes, volvió sobre sus pasos a grandes zancadas. Recorrió el pasillo y se asomó al garaje. En ese instante las luces se apagaron automáticamente y lo pudo oír con una certeza que disipaba cualquier tipo de dudas. Corrió desesperado hacia el interruptor más cercano y lo accionó. Los tubos respondieron con chasquidos intermitentes. Escrutó todos los rincones con los ojos muy abiertos, pero, igual que antes, no percibió nada extraño. El sonido también había cesado. Notó que, pese al frío, su espalda se empapaba de sudor.
Regresó al trastero precipitadamente, tomó los paquetes, echó la llave y se dirigió a la puerta amarilla casi a la carrera. Se la encontró cerrada. El muelle había hecho su trabajo por una vez. Solo podía usar una mano. Sostuvo los pesados bultos entre su cuerpo, el brazo izquierdo y la pared. Quería huir de allí cuanto antes.
Se sintió aliviado cuando consiguió abrir. Presionó el botón de llamada del ascensor y suspiró tranquilo. El pulso volvía a su ritmo normal. Pero entonces vio que le faltaba un paquete, uno pequeño que conocía bien porque era el regalo para su mujer.
Un miedo irracional se apoderó de él. Con un temblor incontenible, dejó la carga en el suelo y penetró en el garaje. A mitad de camino la luz se apagó de nuevo. Se lanzó sobre el piloto naranja que indicaba la presencia salvadora de un interruptor. El sonido de pasos regresó como un fantasma. Primero de forma leve y después con firmeza. Encendió la luz y se giró aterrorizado. Otra vez la calma. Esperó cerca de un minuto sin apenas moverse, con la respiración contenida. Los pensamientos lógicos volvieron a fluir. Ganó un poco de confianza y reflexionó sobre lo que estaba viviendo. Se rio de sus temores.
—Aquí no puede haber nadie —pensó.
Más tranquilo, recorrió el pasillo de los trasteros. Abrió el suyo a la primera y buscó el regalo. Se agachó, lo recogió del suelo, se puso en pie, dio la vuelta para salir de allí y entonces distinguió el brillo metálico de la pistola. Dejó caer el paquetito y levantó las manos.
Detrás del inspector aparecieron tres agentes de uniforme. Había conseguido burlar a la policía hasta ese día, pero acababan de descubrir el alijo que escondía en su trastero. Se dejó esposar sumiso y se dispuso a pasar la primera noche de Reyes fuera de casa. Quizás alguien le llevara un trozo de roscón por la mañana. Sabía que en su interior hallaría el haba.
Relato del libro Comidas para llevar (descargar obra completa).

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