Pasa la vida
Cuando aquel niño le llamó «señor» al preguntarle la hora, lo hundió en una espiral de la que no se sale nunca. Ni el espejo había sido tan cruel. Entonces Ramiro pensó en su abuela. A ella todas sus amigas le parecían unas viejas. Su espíritu, animoso y alegre, le impedía verse como tal. Pero su abuela era muy anciana, tanto o más que sus amigas, de eso no había duda. Ramiro arrastra un saco cada vez más pesado de recuerdos y ve por delante menos trayecto que recorrer. Ha llegado a una etapa en la que solo puede arrepentirse de aquello que no se atrevió nunca a hacer, que son, por desgracia para él, demasiadas cosas. Los trenes que han pasado ya no volverán a la estación donde languidece un día tras otro. Hace balance cada mes para comprobar, con tristeza, su naturaleza estática de muro. Pasea por las calles y se dedica a vampirizar con los ojos a la juventud. Se fija en las pieles frescas y en los labios que prometen las cerezas del verano, ahora que el otoño le cubre de una hojarasc...