El pálpito del castro

Estas piedras de mis ancestros
permanecen en la colina.
Sobre la tierra erosionada
late la Historia (la de siempre).
 
Pasado que regresa
si el canto suave de la brisa
me acaricia con olor a hierba.
 
Una vez por allí corretearon
niños; y las madres lloraron
cuando marcharon a la guerra,
para no volver nunca
o para volver con la inocencia
mordida por la sangre de otro hombre.
 
Tiene el lugar algo de sagrado,
algo de templo,
un vuelo de libélula
más allá de la fe.

Ficciones

Cada noche salía al campo para hablar con los muertos. Recorría los caminos iluminados por la luna. Nunca llevaba linterna, para no espantar a los espíritus. Esa costumbre le acarreó más de un tropiezo, pero el riesgo merecía la pena. Cuando percibía cualquier sonido se llenaba de esperanza. No tardó en aprender que la madrugada está plagada de criaturas que comienzan a vivir en el ocaso. Distinguía perfectamente la presencia de cualquier animal que merodeara por los alrededores. Jamás encontró muertos, aunque insistió hasta que, viejo y cansado, no pudo continuar con sus paseos nocturnos.

En los últimos años consiguió una especie de contacto onírico con sus ancestros. Sin necesidad de salir a buscar, las voces se agolpaban en su cabeza. Al amanecer escribía todo lo que recordaba de aquellas largas conversaciones.

Cuando murió, su hijo halló varios cuadernos con un material muy interesante. Meses después, un lujoso volumen recogía los textos de su padre. Fue un éxito de ventas y el hombre consiguió cierta fama póstuma. Aunque tal vez él no hubiera estado de acuerdo en que su obra apareciera en los anaqueles de ficción.

Eco que se desvanece

Miserables los que vacían
el odre viejo
cuando pasean su riqueza.
 
Otros, con los bolsillos descosidos,
guardan en sus pupilas
la sonrisa del sol naciente.
 
La gloria, como el eco de campana,
es efímera en el desierto
del almanaque.
 
{Vamos, hermana,
no te detengas
a contemplarles}.

 

Superposiciones

Los fuegos artificiales iluminan el cielo despejado. Cerca de allí, el campo aparece sembrado de cadáveres deformes. En unos segundos todo cambia. No hay color gris para los muertos, ni ningún color. Poco importa ahora tratar de señalar culpables. Pierden los que han sido segados por la guadaña implacable.

El eco de la música sobrevuela los gritos de los heridos y el sonido de las sirenas. Miles de almas celebran en ese momento la noche mágica, mientras el horror, al otro lado de la colina, parte los ánimos más firmes como si fueran cañas secas. Quizás en algún rincón se espera a alguien que no acudirá. Será la hora de las llamadas sin respuestas. Mañana no habrá esperas, pero hoy la ignorancia es el mejor elixir para el corazón, al menos hasta que la noticia corra como un reguero de pólvora.

Cuando el sol regrese, los diarios de la mañana se poblarán de fotografías macabras como si todo formase parte de un espectáculo. La vida seguirá con su latido constante para aquellos que tuvieron la fortuna de no encontrarse con el rostro de cuencas vacías.

El arte de resucitar

{Flor que nace del tronco muerto,
suspiro de la lluvia
     sobre un corazón de lija
o un verso acertado
     del último de los poetas}
          ↓
La vida brota inverosímil.

Aunque las piernas pesen como plomo,
seguimos adelante
regados de promesas.

Ego te absolvo

Desde el principio aquella cara le resultó conocida. «No es posible», pensaba. Se había marchado de allí con dos años. Su familia había muerto en oscuras circunstancias y un tío suyo se hizo cargo de él. Muy joven encontró la vocación y en cuanto tuvo la edad ingresó en el seminario. Había regresado a su pueblo natal como nuevo párroco, después de ordenarse y de varios años en las misiones. «Es la voluntad de Dios», se repetía en sus oraciones.

Los ojos de aquel viejo le eran muy familiares. Había algo en ellos que le daba miedo. Era una sensación extraña que no podía relacionar con nada, pero que le producía una honda inquietud.

El anciano, como buen devoto, fue a confesar una tarde. Entonces se despejaron todas las dudas. El hombre descargaba su conciencia a la vez que él cargaba el alma con pesadas alforjas. El secreto de confesión lo libraba de la justicia humana, pero no podía protegerlo de la sed de venganza.

Una noche, una patrulla de policía encontró al párroco en un apartado callejón cosiendo al viejo a puñaladas. Cuando lograron detenerlo, el hombre había muerto. Esposado y camino al coche de policía, el cura solo acertaba a decir: «Ego te absolvo...».

Altar de ofrendas

Hay un afán por dejar rastro
  {una piedra en un montón,
  algún verso copiado,
  unas flores de plástico,
  una fotografía desvaída
  o la muda de la serpiente
        que en realidad somos}.

Formamos relicarios
de suplicios y alas rotas.

Encomendados a lo que no existe,
esperamos algún prodigio
que nunca llega.

Pavesas

«Tengo tantas dudas... pero lo deseo con toda mi alma», el muchacho meditaba en voz alta dentro de su habitación. Estaba desnudo y sus manos nerviosas jugueteaban con las filigranas de la reja de hierro que protegía la ventana. El sol de última hora de la tarde bañaba su piel y ofrecía un dibujo extraordinario de claroscuros, como si fuera un capricho del más diestro de los grabadores.

Se estremeció cuando sintió un aliento cálido sobre su cuello, pero movió la cabeza al lado contrario para recibir sin trabas unos labios ávidos de su carne. Se giró y con los ojos cerrados abrazó a aquel ángel al que siempre se había empeñado en rechazar.

Luego la luna los bendijo con su luz balsámica durante la madrugada, hasta que se quedaron dormidos de puro agotamiento.

Con la primera claridad del alba, un fuerte golpe les despertó. Alguien había abierto la puerta con violencia. Frente a ellos, una mirada infectada de odio recorrió los rincones del lecho compartido. El reino de la sangre y de las cadenas brotó entre las grietas y la sentencia se cumplió antes de que el gallo cantara por última vez.

El pálpito del castro

Estas piedras de mis ancestros permanecen en la colina. Sobre la tierra erosionada late la Historia (la de siempre).   Pasado que regre...