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El reloj perdido

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El día que perdió el reloj creyó que iba a morir. Su vida se sostenía en aquella pequeña máquina que marcaba el pulso de lo cotidiano desde su primera comunión. No concebía la idea de salir a la calle con su muñeca izquierda desnuda, tan pálida en el lugar que durante años cubrió la correa. Había clavado miles de veces las pupilas en unas agujas que a cada vuelta le hacían envejecer. Encerrado entre las cuatro paredes de su habitación, esperó a que algo aconteciera. Cualquier cosa le hubiera venido bien para sacarle de ese estado de duelo en el que se había hundido, de esa angustia alojada en su garganta como un puñado de tierra.  Se asomó al balcón y vio cómo el horizonte cambiaba: el rojo sangrante del crepúsculo fue la antesala de un lienzo oscuro que pronto lo tiñó todo. La noche llegó pese a que él ya no controlaba el paso de las horas. Decidió salir a respirar aire fresco. Necesitaba llenar sus pulmones del aroma peculiar de las calles. Era como caminar con los ojos vendados,...

Improbabilidades

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Busqué tu risa de aquel sábado en los anaqueles de mis recuerdos y la dispersé al viento de levante para pregonar mi feroz tristeza. Esperé algún milagro en el alféizar del amanecer. Mis puntos cardinales, tan confusos, nunca han sabido cuánto dura la ausencia eterna. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de dima_goroziya en Pixabay

El afilador

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Una vez al mes la calle se llenaba del sonido del chiflo que tocaba con gracia el viejo afilador. Empujaba su bicicleta oxidada sobre el pavimento recién regado.  Esto sucedía antes de que abrieran las tiendas, incluso antes de que los panaderos comenzaran su reparto diario. A las puertas y ventanas de las viviendas asomaban cabezas curiosas. Un nerviosismo creciente se esparcía como el humo. Todos querían ser los primeros y comenzaban las carreras inevitables. En unos minutos, una legión de chiquillos seguía los pasos lentos del afilador. No querían perderse el espectáculo antes de ir a la escuela. Después el hombre llegaba a la plaza y sujetaba la bicicleta. Hacía sonar su chiflo un par de veces más, por si quedaba algún despistado que desconociera su presencia. El eco de las notas rebotaba en las fachadas y penetraba en los oídos.  Hombres, mujeres y niños formaban una larga cola. Esperaban pacientes a que el maestro del tradicional oficio atendiera sus encargos. Nadie rega...

Balas

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Somos la munición que alimenta las avaricias. Balas ciegas en batallas ajenas. Aspiramos a explotar algún día en las manos usurpadoras. Es suicida nuestro consuelo. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Alexander Lesnitsky en Pixabay

Necrófago o canción para un coche fúnebre

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Paso junto a sus fauces abiertas. Vislumbro sus entrañas asépticas, metalizadas. Duerme con placidez, mientras espera su alimento. Su presencia siempre repele las caricias de las miradas; pero es inevitable, imprescindible. He aprendido a aceptarlo con cierta indiferencia y un gesto amable en la tramoya. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Ian en Pixabay

Cinco euros

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Sales con cinco euros en el bolsillo porque después del trabajo irás a correr. Ni necesitas dinero ni te gusta llevar demasiado encima. No sabes que ese billete va a salvar a un viejo camarada. O al menos eso te ha dicho él cuando le has entregado sin dudarlo todo tu capital. Le has visto junto al escaparate de una lencería del centro. Tenía la mirada perdida en un antiguo teléfono móvil que en vano trataba de encender. «Estoy mal, intento llamar a un colega para que me deje algo de pasta, pero no hay forma», te ha dicho cuando le has preguntado por la vida y por esas cosas que se preguntan por cortesía, que siempre se resuelve con un «bien» o «tirando» que deja satisfechos al encuestador y al encuestado. Sin embargo, no te sorprende su respuesta. Intuyes que las cosas se le han torcido y recibes la sinceridad como un regalo en mitad de la tormenta de hipocresía diaria. En el acto de entregar el dinero no has visto caridad, ni solidaridad, ni nada de eso. Sabes perfectamente que no los...

Tiempo limitado

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Prometimos amarnos con fecha de caducidad (o al menos eso fue lo convenido). Éramos tan valientes como ignorantes. Pretendíamos demostrar que el sabor de la primavera nunca llega al otoño. Del balance de las heridas que aún supuran mejor no hablamos. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Silvia en Pixabay