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Balas

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Somos la munición que alimenta las avaricias. Balas ciegas en batallas ajenas. Aspiramos a explotar algún día en las manos usurpadoras. Es suicida nuestro consuelo. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Alexander Lesnitsky en Pixabay

Necrófago o canción para un coche fúnebre

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Paso junto a sus fauces abiertas. Vislumbro sus entrañas asépticas, metalizadas. Duerme con placidez, mientras espera su alimento. Su presencia siempre repele las caricias de las miradas; pero es inevitable, imprescindible. He aprendido a aceptarlo con cierta indiferencia y un gesto amable en la tramoya. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Ian en Pixabay

Cinco euros

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Sales con cinco euros en el bolsillo porque después del trabajo irás a correr. Ni necesitas dinero ni te gusta llevar demasiado encima. No sabes que ese billete va a salvar a un viejo camarada. O al menos eso te ha dicho él cuando le has entregado sin dudarlo todo tu capital. Le has visto junto al escaparate de una lencería del centro. Tenía la mirada perdida en un antiguo teléfono móvil que en vano trataba de encender. «Estoy mal, intento llamar a un colega para que me deje algo de pasta, pero no hay forma», te ha dicho cuando le has preguntado por la vida y por esas cosas que se preguntan por cortesía, que siempre se resuelve con un «bien» o «tirando» que deja satisfechos al encuestador y al encuestado. Sin embargo, no te sorprende su respuesta. Intuyes que las cosas se le han torcido y recibes la sinceridad como un regalo en mitad de la tormenta de hipocresía diaria. En el acto de entregar el dinero no has visto caridad, ni solidaridad, ni nada de eso. Sabes perfectamente que no los...

Tiempo limitado

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Prometimos amarnos con fecha de caducidad (o al menos eso fue lo convenido). Éramos tan valientes como ignorantes. Pretendíamos demostrar que el sabor de la primavera nunca llega al otoño. Del balance de las heridas que aún supuran mejor no hablamos. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Silvia en Pixabay

Un oficio sospechoso

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Nunca tuvo muy claro a qué se dedicaba su padre. Él hablaba de «sus negocios» en un tono enigmático. Jamás se le ocurrió preguntarle, pero siempre le pareció sospechoso que a diario saliera a atender esos asuntos a partir de las diez de la noche.  El niño se levantaba para ir al colegio. Si había suerte, se cruzaba con él, que en esos momentos regresaba al hogar. Su madre le servía la cena en la cocina, mientras el chico tomaba leche con magdalenas para desayunar. Apenas hablaban. Después, el hombre se retiraba al dormitorio; el muchacho cargaba con la mochila y ponía rumbo a la escuela.  Cuando fue un poco más mayor, empezó a leer novelas y a ver películas de policías y ladrones. Entonces lo tuvo claro: su padre era un gánster.  Durante esa temporada lo admiró como nunca. Aquel hombre taciturno habitaba en el peligro y se ganaba la vida al margen de la ley.  No fue hasta su adolescencia cuando se atrevió a preguntarle a su madre. «Empleado del servicio municipal de ...

Off

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No comprendo el deleite que provoca cuando defeca. Los residuos penetran en los sesos y se extienden como una enfermedad. Luego las bocas vomitan la basura digerida y así se comparte en ciclo infinito. Pero huir es tan fácil como pulsar el botón OFF. ¿Estamos preparados? Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Rafael Zenatti Zenatti en Pixabay

Las virtudes de la propiedad conmutativa

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Me acosté con el marido de la que era mi mejor amiga, que entonces aún no lo era. Les presenté en una fiesta en la que coincidimos los tres. En aquellos días él era mi prometido y llevábamos un tiempo compartiendo sábanas y sueños de un futuro en común. Aquí, como en tantas cosas, podemos aplicar la propiedad conmutativa que dice que el orden de los factores no altera el producto. Lo irrebatible es que me acosté con él, que ahora es el marido de la que fue mi mejor amiga. ¿Cuándo se derrumbó todo? Aquel final sucedió entre turbulencias. Intenté actuar como una persona civilizada, aunque siempre me adelanté a sus movimientos sospechosos. Cada vez que me olía algo me iba de copas y me cepillaba al primero que se me ponía a tiro, por eso de compensar la traición.  No les guardo ningún rencor, es verdad. ¿La policía? Un calentón lo tiene cualquiera. Después de veinte años hay cosas que todavía joden: la sonrisita cuando se cruzaron conmigo en la calle, el saludo en un tono tan burlón, ...