Convención de ventas

Hay una convención de vendedores en la playa. Aparcan sus «vehículos» junto a la orilla. Las carretillas de mano, de las que se usan en las obras, se convierten en el medio ideal para transportar por la arena las pesadas neveras de corcho cargadas de latas y botellas. Charlan un rato, todos parecen de la misma familia. Luego se despiden con efusión y cada uno toma su camino. Mientras empujan las carretillas bajo el sol abrasador de julio, tocan el silbato para llamar la atención y a veces pronuncian sus monótonas arengas comerciales. Un tal Miguel lleva la voz cantante. Los demás han tomado la ruta que les ha indicado. Nadie sabe, ni siquiera su madre, que echa la buenaventura cerca del puerto a los turistas, que para él será el último día de su vida.

Al caer la noche se implica en una reyerta por defender a un primo metido en un asunto de drogas. Hablan las navajas y las pistolas en un combate desigual.

Una semana después otros brazos llevarán la carretilla. Su madre traspasará el negocio. Las lágrimas son inútiles contra el hambre. A Miguel ya todo le dará igual.

El pálpito del castro

Estas piedras de mis ancestros
permanecen en la colina.
Sobre la tierra erosionada
late la Historia (la de siempre).
 
Pasado que regresa
si el canto suave de la brisa
me acaricia con olor a hierba.
 
Una vez por allí corretearon
niños; y las madres lloraron
cuando marcharon a la guerra,
para no volver nunca
o para volver con la inocencia
mordida por la sangre de otro hombre.
 
Tiene el lugar algo de sagrado,
algo de templo,
un vuelo de libélula
más allá de la fe.

Ficciones

Cada noche salía al campo para hablar con los muertos. Recorría los caminos iluminados por la luna. Nunca llevaba linterna, para no espantar a los espíritus. Esa costumbre le acarreó más de un tropiezo, pero el riesgo merecía la pena. Cuando percibía cualquier sonido se llenaba de esperanza. No tardó en aprender que la madrugada está plagada de criaturas que comienzan a vivir en el ocaso. Distinguía perfectamente la presencia de cualquier animal que merodeara por los alrededores. Jamás encontró muertos, aunque insistió hasta que, viejo y cansado, no pudo continuar con sus paseos nocturnos.

En los últimos años consiguió una especie de contacto onírico con sus ancestros. Sin necesidad de salir a buscar, las voces se agolpaban en su cabeza. Al amanecer escribía todo lo que recordaba de aquellas largas conversaciones.

Cuando murió, su hijo halló varios cuadernos con un material muy interesante. Meses después, un lujoso volumen recogía los textos de su padre. Fue un éxito de ventas y el hombre consiguió cierta fama póstuma. Aunque tal vez él no hubiera estado de acuerdo en que su obra apareciera en los anaqueles de ficción.

Eco que se desvanece

Miserables los que vacían
el odre viejo
cuando pasean su riqueza.
 
Otros, con los bolsillos descosidos,
guardan en sus pupilas
la sonrisa del sol naciente.
 
La gloria, como el eco de campana,
es efímera en el desierto
del almanaque.
 
{Vamos, hermana,
no te detengas
a contemplarles}.

 

Superposiciones

Los fuegos artificiales iluminan el cielo despejado. Cerca de allí, el campo aparece sembrado de cadáveres deformes. En unos segundos todo cambia. No hay color gris para los muertos, ni ningún color. Poco importa ahora tratar de señalar culpables. Pierden los que han sido segados por la guadaña implacable.

El eco de la música sobrevuela los gritos de los heridos y el sonido de las sirenas. Miles de almas celebran en ese momento la noche mágica, mientras el horror, al otro lado de la colina, parte los ánimos más firmes como si fueran cañas secas. Quizás en algún rincón se espera a alguien que no acudirá. Será la hora de las llamadas sin respuestas. Mañana no habrá esperas, pero hoy la ignorancia es el mejor elixir para el corazón, al menos hasta que la noticia corra como un reguero de pólvora.

Cuando el sol regrese, los diarios de la mañana se poblarán de fotografías macabras como si todo formase parte de un espectáculo. La vida seguirá con su latido constante para aquellos que tuvieron la fortuna de no encontrarse con el rostro de cuencas vacías.

El arte de resucitar

{Flor que nace del tronco muerto,
suspiro de la lluvia
     sobre un corazón de lija
o un verso acertado
     del último de los poetas}
          ↓
La vida brota inverosímil.

Aunque las piernas pesen como plomo,
seguimos adelante
regados de promesas.

Ego te absolvo

Desde el principio aquella cara le resultó conocida. «No es posible», pensaba. Se había marchado de allí con dos años. Su familia había muerto en oscuras circunstancias y un tío suyo se hizo cargo de él. Muy joven encontró la vocación y en cuanto tuvo la edad ingresó en el seminario. Había regresado a su pueblo natal como nuevo párroco, después de ordenarse y de varios años en las misiones. «Es la voluntad de Dios», se repetía en sus oraciones.

Los ojos de aquel viejo le eran muy familiares. Había algo en ellos que le daba miedo. Era una sensación extraña que no podía relacionar con nada, pero que le producía una honda inquietud.

El anciano, como buen devoto, fue a confesar una tarde. Entonces se despejaron todas las dudas. El hombre descargaba su conciencia a la vez que él cargaba el alma con pesadas alforjas. El secreto de confesión lo libraba de la justicia humana, pero no podía protegerlo de la sed de venganza.

Una noche, una patrulla de policía encontró al párroco en un apartado callejón cosiendo al viejo a puñaladas. Cuando lograron detenerlo, el hombre había muerto. Esposado y camino al coche de policía, el cura solo acertaba a decir: «Ego te absolvo...».

Altar de ofrendas

Hay un afán por dejar rastro
  {una piedra en un montón,
  algún verso copiado,
  unas flores de plástico,
  una fotografía desvaída
  o la muda de la serpiente
        que en realidad somos}.

Formamos relicarios
de suplicios y alas rotas.

Encomendados a lo que no existe,
esperamos algún prodigio
que nunca llega.

Convención de ventas

Hay una convención de vendedores en la playa. Aparcan sus «vehículos» junto a la orilla. Las carretillas de mano, de las que se usan en las...