El afilador
Una vez al mes la calle se llenaba del sonido del chiflo que tocaba con gracia el viejo afilador. Empujaba su bicicleta oxidada sobre el pavimento recién regado. Esto sucedía antes de que abrieran las tiendas, incluso antes de que los panaderos comenzaran su reparto diario. A las puertas y ventanas de las viviendas asomaban cabezas curiosas. Un nerviosismo creciente se esparcía como el humo. Todos querían ser los primeros y comenzaban las carreras inevitables. En unos minutos, una legión de chiquillos seguía los pasos lentos del afilador. No querían perderse el espectáculo antes de ir a la escuela. Después el hombre llegaba a la plaza y sujetaba la bicicleta. Hacía sonar su chiflo un par de veces más, por si quedaba algún despistado que desconociera su presencia. El eco de las notas rebotaba en las fachadas y penetraba en los oídos. Hombres, mujeres y niños formaban una larga cola. Esperaban pacientes a que el maestro del tradicional oficio atendiera sus encargos. Nadie rega...