Barco varado
Había llegado a esa edad en la que todo pasado le parecía un tiempo mejor. No recordaba, o no quería recordar, los días de lucha sin tregua, el sudor, el sacrificio, las noches de desvelos. Toda su historia quedó oculta. Solo permanecían en los anaqueles de su pensamiento los volúmenes que recogían los instantes más amables. No fueron pocos, pero no llegaban ni a la décima parte de los momentos en que la vida se ponía el traje de la vulgaridad para salir adelante. Le ahogaba verse en el abismo de los años, porque para él envejecer era la derrota. Tal vez por eso se cosía un tiempo pretérito en la solapa, un adorno falso y plagado de omisiones. Sus conversaciones se apoyaban en los pedestales de una gloria que se había desvanecido con la niebla. Pocos estaban dispuestos a escucharle en su familia, y menos sus hijos, que hubieran preferido disfrutar de su día a día y no del olor a rancio de sus palabras. Terminó predicando su credo en los bares del barrio. Allí los borrachos d...