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La suerte de los dados

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Los dados marcaron la cifra. No había ninguna duda. Se cruzaron las miradas, algunas incrédulas y otras crispadas, todas amenazantes. En el mundo solo parecía existir la mesa iluminada por una pobre bombilla. En aquella salita, caldeada por una estufa de butano, se mascaba la tensión. Fuera se escuchaba el viento invernal acompañado por una lluvia incesante.  Le tembló la mano un poco. El que tenía a su derecha aprovechó el momento de incertidumbre para comprobar de nuevo la puntuación. Contó con los dedos una y otra vez. No había nada que hacer, todo parecía limpio.  Por fin consiguió serenarse lo suficiente como para acercar la mano al tapete verde sobre el que descansaba el tablero. Esbozó una sonrisa ante la envidia que se respiraba. Su dedo índice rozó ligeramente la pieza roja para hacerla avanzar el número de casillas señalado.  —¿Quieres terminar de una vez? —le dijo el mayor de todos fulminándole con la mirada.  —Tres, cuatro y cinco… —respondió con cierta t...

El palmero

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Me quedé un poco desconcertado cuando oí por primera vez, y por casualidad, referirse a él con ese apodo: el Palmero. Lo cierto es que llevaba poco tiempo en la empresa, y mis compañeros de trabajo no tenían aún la confianza suficiente para contarme todo lo que allí se cocía, que no era poca cosa. Pronto descubrí que el Palmero siempre acompañaba al jefe, incluso contaban algunos —entre sonrisas irónicas— que también al baño. Se reía de sus chistes malos y aceptaba por buenas todas sus decisiones por disparatadas que fueran. No dudaba, si se daba el caso, en señalar con el dedo a algún compañero que no guardaba tanta lealtad como él a los principios impuestos en la empresa. El Palmero vivía feliz, ajeno a los odios que iba coleccionando día tras día a su espalda.  El destino, favorable o no según la posición en la que uno se encuentre, decidió cambiarlo todo. Un infarto terminó con la vida del jefe y con el reinado del Palmero. El hijo del antiguo propietario, que heredó la empresa...

Un final feliz

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«Entonces se casaron y vivieron muy felices durante el resto de sus días. Murieron de viejecitos, rodeados del cariño de sus cinco hijos y de sus muchos nietos».  —¿Qué te ha parecido? Aquí tienes el final feliz que me reclamas.  —Bueno, no del todo.  —No te entiendo, siempre me acusas de que mis cuentos tienen finales tristes o terribles, que llevo a los héroes a la desesperación y al abismo, y ahora te leo esta historia con una conclusión de cuento de hadas y tampoco te gusta.  —Es que al final mueren.  —Claro, como todo el mundo. Además, mueren de viejos, después de vivir felices. Ni tienen enfermedades, ni accidentes, ni desgracias, ni nada de nada... Ni siquiera discuten.  —Pero es que si lo cuentas así los lectores se quedarán un poco chafados. La gente busca otras cosas, algo que no les recuerde tanto a la vida real.  —Creo que ya sé lo que quieres decir.  —Me alegro. Anda, dale una vuelta más a ver si consigues un final un poco menos dramá...

El escalador

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«Con esa cara o es muy inteligente o es tonto de remate», pensó uno de sus profesores al pasar lista al inicio del curso, cuando lo vio sentado en la primera fila. Y aunque el muchacho no fue ningún lumbrera, tampoco parecía torpe. Supo aprovechar todas las circunstancias favorables para superar, sin mayor problema, curso tras curso.  En la universidad se le conoció por su astucia para enterarse de los trapos sucios de ciertos profesores que, a cambio de su silencio, le concedían favores en forma de los puntos necesarios para superar exámenes complicados.  Al terminar sus estudios se dedicó a la política. Cambió de bando las veces necesarias, hasta que se asentó definitivamente junto al árbol que mejor sombra le daba y que prometía la cosecha más sustanciosa. Llegado el momento, no tuvo escrúpulos en morder la mano que le alimentaba, para así subir ese peldaño anhelado. Un giro inesperado en su vida y ciertas fotografías, en las que aparecía en el peor lugar y en el momento me...

Deja que te cuente

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Al principio de su relación le pareció divertido. Cada vez que compartían un café o unas copas, su amigo llenaba las horas de anécdotas familiares salpicadas, en apariencia, de gracia y humor. Al cabo del tiempo, aquellas conversaciones comenzaron a parecerle banales: las insulsas retahílas de vidas anodinas desfilaban en su mente. Su amigo desgranaba con todo lujo de detalles una tarde de sábado con su señora en las rebajas de un gran centro comercial, el último examen de matemáticas de su hijo, al que había suspendido el profesor que le tenía manía, o la visita al veterinario del canario de su hija, que se negaba a cantar a pesar de que habían empleado todos los remedios que vieron en internet.  Aguantaba con resignación aquellas historias sin importancia de vidas sin importancia. «Después de todo es mi amigo», se decía cuando regresaba a casa tratando de convencerse de que aquello era lo normal.  Pero como todo tiene un límite, lo que no pudo soportar fue el relato de la op...

Pompas de jabón

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Cada tarde, cuando caía un poco el sol y el aire era más respirable, caminaba hasta la calle peatonal cargado con las herramientas necesarias para ejercer su oficio. En cuanto se ponía manos a la obra, pompas de jabón de gran tamaño hacían las delicias de los más pequeños, que se arremolinaban en torno suyo o perseguían el vuelo efímero de las frágiles formas. Mientras tanto, los adultos echaban algunas monedas a modo de agradecimiento, recordando, tal vez, los años en los que se quedaban ensimismados mientras con la mirada rozaban la ilusión de unos sueños que luego se quebraron en los acantilados del primer amor.  Recogía cuando entraba la noche, y se marchaban a sus hogares los últimos paseantes. En ese momento, se iba sin prisa, regalándole un guiño a la luna de julio que reinaba en el cielo, por encima de las tristes farolas.  El verano siguió su curso, y una tarde de primeros de septiembre no acudió a su cita diaria. No volvieron a verle por allí. Algunos contaron que fa...

Tratado de rendición

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Extrae la pluma del bolsillo interior de la chaqueta, en un gesto que ha repetido cientos de veces. Le tiemblan ligeramente las manos. Un sudor frío le recorre la nuca. En la boca le anida cierto aliento de resaca. Lee una vez más el documento lo más deprisa que puede. Nota cómo varios pares de ojos le observan. A partir de hoy todo va a cambiar. Acepta los hechos con la resignación del derrotado. Después de tantos años, lo que ha sido su vida dará un giro irreversible. Tiene que aprender a renunciar desde hoy y contemplar la ausencia con humildad.  Ha pasado la noche en vela pensando en este momento. Se demora un poco más. La impaciencia de los otros se corta en el ambiente. Afuera están esperando. Respira hondo y, sin levantar la vista, estampa su rúbrica junto a las otras. Ya está hecho. Unas lágrimas inoportunas humedecen su mirada de hombre firme. En unos minutos escucharán los gritos y la algarabía de la fiesta. «¡Vivan los novios!», entonará un coro de ángeles ebrios. Él pen...