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Un quiosco en Lisboa

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No hay nada como una cerveza después de un viaje. Saborear la esencia de Lisboa en cada detalle al ritmo de jazz y de fado en un pequeño quiosco-bar. Está regentado por un hombre con edad para jubilarse. Parece increíble la cantidad de mercancía que almacena en tan poco espacio. Hay un cartel que dice que tiene la mejor sangría ya no de Lisboa, sino de Portugal. Siempre he admirado ese aire de valentía temeraria, que no de inconsciencia o soberbia; ese afán de no aparentar ser el primero, sino de creerlo firmemente. El hombre, con su cigarrillo entre los dedos, charla con los parroquianos: chicos jóvenes, algunos con guitarras en sus fundas. A todos les ha servido un platillo con cacahuetes o altramuces. Menos a mí, porque creo que ha detectado desde lejos que solo soy un viajero de paso con el que tampoco merece la pena deshacerse en atenciones. En cualquier caso, el ambiente y el encanto de ese rincón se graba en mi retina.    Microrrelato del libro Tornillería surtida (des...

Manchas

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El agua se derrama, inocua, en el fino tejido del mantel y se evapora como los suspiros. También con el papel arde la tinta que se creyó la eternidad. Pero el dolor impregna su huella indeleble en los tapices polvorientos y en el árbol genealógico, para desgracia de quienes se afanan en arrancar las costras con las uñas.   Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Pexels en Pixabay

Mal presentimiento

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Cuando añadí su número de teléfono a la agenda, tuve la sensación agridulce de un presentimiento extraño. Sabía que no debía hacerlo, que me traería problemas. Por otro lado, una atracción irremediable palpitaba en mis venas sedientas de emociones nuevas. No sé cuántas veces, a lo largo de los meses siguientes, intercambiamos mensajes y llamadas. Luego siguieron los encuentros clandestinos en los lugares más infames y disparatados.  Todo acabó cuando debería haber empezado. Mi mujer descubrió sus fotos en mi correo electrónico. Fue una torpeza imperdonable por mi parte. Ahora que mi divorcio es un hecho, ella también me ha dejado. Creo que no le interesa un tipo solitario como yo, con poco dinero y menos futuro. Microrrelato del libro  Tornillería surtida   (descargar obra completa) . bajo la Licencia de contenido de Pixabay

La fortuna hace malabares

 

Tanta belleza

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Con los primeros rayos del sol, que marcaban el preludio de la primavera, se vistió con colores vivos y decidió desterrar el gris invernal. Al principio pasó desapercibida, como una más. Poco a poco fue destacando del resto. Los que caminaban junto a ella admiraban su gracia. Algunos atrevidos, con cierto descaro, se aproximaban tanto que casi la rozaban. Así conseguían robar una bocanada del perfume fresco de su piel. A ella le agradaban aquellos juegos, le parecían divertidos. Nunca había soñado atraer así, con ese don mágico y natural. Pasaron los días y, en el ecuador de la estación, aparecía más hermosa y deseable que nunca. Pero una mañana no se la volvió a ver. Nadie supo explicar la ausencia, aunque hubo muchas especulaciones. Comentaron algunos que fue la envidia, otros que una mente perversa se encaprichó de ella y la secuestró. Unos cuantos decían que tenía enemigos que la odiaban a muerte. Fuera como fuera, una mano arrancó aquella rosa dejando un poco huérfano el jardín. M...

Mala nueva

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Vive en las sombras de las madrugadas, en los efluvios de los hospitales y los jardines de los cementerios. Cuando pasa tan cerca y no repara en mi presencia, respiro con alivio y dejo que la sangre fluya. Pero cuando dice mi nombre con su voz antigua y quebrada, el alma tiembla desvalida. Sus folios amarillos nunca portan el vuelo de las mariposas blancas. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Tomasz Kowaluk en Pixabay

El reloj perdido

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El día que perdió el reloj creyó que iba a morir. Su vida se sostenía en aquella pequeña máquina que marcaba el pulso de lo cotidiano desde su primera comunión. No concebía la idea de salir a la calle con su muñeca izquierda desnuda, tan pálida en el lugar que durante años cubrió la correa. Había clavado miles de veces las pupilas en unas agujas que a cada vuelta le hacían envejecer. Encerrado entre las cuatro paredes de su habitación, esperó a que algo aconteciera. Cualquier cosa le hubiera venido bien para sacarle de ese estado de duelo en el que se había hundido, de esa angustia alojada en su garganta como un puñado de tierra.  Se asomó al balcón y vio cómo el horizonte cambiaba: el rojo sangrante del crepúsculo fue la antesala de un lienzo oscuro que pronto lo tiñó todo. La noche llegó pese a que él ya no controlaba el paso de las horas. Decidió salir a respirar aire fresco. Necesitaba llenar sus pulmones del aroma peculiar de las calles. Era como caminar con los ojos vendados,...