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El momento esperado

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A veces la soledad le obligaba a hablar en plural para aligerar su peso. Entonces la palabra «nosotros» retumbaba como una condena en aquella habitación vacía en la que se concentraban en un segundo todos los años pretéritos. No le quedaban fuerzas para imaginar el cañón frío de la pistola sobre su sien y se dejaba llevar sin otro afán que el de consumir el oxígeno necesario para que su corazón latiera un poco más allá de la noche. Opinaba que cada cual tenía lo que merecía y él, que en realidad solo se sentía incómodo cuando recordaba algún antiguo amor pasajero, era consciente de que aquella forma de vida le pertenecía por derecho propio. Lo que en realidad le atormentaba era el miedo a no saber dar un último paso hacia el vacío cuando llegara el momento, o peor aún, no saber reconocer ese momento tan esperado entre la amalgama de hojas de un calendario que se empeñaban en caer cada vez más veloces, como llamadas por un otoño perenne. Si el pulso le iba a temblar o no era lo de menos...

En noches como esta

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(I) Esta noche parece una de aquellas extrañas noches en las que consumía las horas buscando el rastro de tus huellas. Pero el tiempo ha pasado y ni esta noche es una de aquellas noches ni de tus huellas queda rastro. (II) El leve reflejo de otras noches se deforma y desvanece en breves ondas. A mis pies, cerca de la orilla, solo el suave rumor del agua oscura delata la presencia de antiguas olas. Así es mejor, pero temo que solo sea calma entre tempestades. (III) Son malos tiempos para ser sincero, pero bien conoces cada pliegue escondido de mis entrañas. En una noche como esta, como tantas noches, solo deseo ver cómo duermes a mi lado, mientras mi voz susurra versos incandescentes. Poema del libro Malos tiempos para ser sinceros (descargar obra completa) . Imagen de Lukas_Rychvalsky en Pixabay

El arte de volar

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Sarita, como la llamaban sus padres, dejó la carrera de Derecho al finalizar el tercer curso para irse a hacer malabares por los semáforos de las ciudades. El día que lo anunció en su casa, provocó un drama de dimensiones bíblicas.  Guardó cuatro trapos dentro de una mochila y, al amanecer, la recogió un tipo delgado y barbudo en una furgoneta desvencijada. Su madre se tiraba de los pelos y gritaba a los cuatro vientos la tragedia, mientras que el padre permanecía cabizbajo y taciturno, tal vez pensando qué había hecho mal para que esto le ocurriera.  Solo su abuela aplaudió, sin disimulo, la decisión de la joven. A ella le habían cortado las alas en cuanto le salieron las primeras plumas y quería que su nieta volara libre. Todavía tenía pegado al paladar el sabor de la sangre y guardaba como reliquia una colección de cicatrices profundas, las que penetran en el alma. El día que su nieta partió, de alguna manera la liberó a ella, que siempre había tenido los pies encadenados a...

Inválidos

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Tantas veces nos llevaron el pan a nuestras bocas siempre abiertas que las piernas murieron. Y ahora, postrados en lechos hediondos, aguardamos un maná dulce que no llueve del cielo ni de ninguna parte. Poema del libro Malos tiempos para ser sinceros (descargar obra completa) . Imagen de Franck Barske en Pixabay

Pasa la vida

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Cuando aquel niño le llamó «señor» al preguntarle la hora, lo hundió en una espiral de la que no se sale nunca. Ni el espejo había sido tan cruel. Entonces Ramiro pensó en su abuela. A ella todas sus amigas le parecían unas viejas. Su espíritu, animoso y alegre, le impedía verse como tal. Pero su abuela era muy anciana, tanto o más que sus amigas, de eso no había duda. Ramiro arrastra un saco cada vez más pesado de recuerdos y ve por delante menos trayecto que recorrer. Ha llegado a una etapa en la que solo puede arrepentirse de aquello que no se atrevió nunca a hacer, que son, por desgracia para él, demasiadas cosas. Los trenes que han pasado ya no volverán a la estación donde languidece un día tras otro. Hace balance cada mes para comprobar, con tristeza, su naturaleza estática de muro. Pasea por las calles y se dedica a vampirizar con los ojos a la juventud. Se fija en las pieles frescas y en los labios que prometen las cerezas del verano, ahora que el otoño le cubre de una hojarasc...

Pan y circo

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Como un rebaño de ovejas ciegas, una vez por semana acudimos al circo para luego rememorar las gestas de los gladiadores, mientras chupamos de la vieja ubre la leche ácida que nos adormece. Poema del libro Malos tiempos para ser sinceros (descargar obra completa) . Imagen de Aart Beijeman en Pixabay

Un instante de dulzura

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Los avisó enseguida. Ellos le dijeron que tardarían una hora y entonces se le ocurrió la idea. Bajó a la pastelería del barrio y compró un San Marcos. Regresó a casa, fue hasta la habitación y se acercó a su madre. Con toda la paciencia que pudo, fue introduciéndole pedacitos de pastel en la boca. Al principio la tarea fue sencilla, pero luego la cosa se complicó, aunque no decayó su ánimo.  Cuando terminó, la llevó a la cama y le quitó la ropa de estar por casa. Buscó en el armario su mejor vestido, aquel que estrenó en la comunión de la nieta pequeña hacía seis o siete años, y que se había puesto en contadas ocasiones. Le calzó unos zapatos casi nuevos como pudo, porque debido a la hinchazón de los pies no entraban bien. La peinó con cuidado y le limpió los restos de nata de los labios. Después la perfumó con la colonia que le había regalado por su cumpleaños y que estaba sin estrenar.  Cuando llegaron los de la funeraria se quedaron asombrados al ver la cara de felicidad de...