AULA JOSÉ MARÍA VALVERDE. TEMPORADA 2022/2023

Me complace anunciaros la programación del Aula José María Valverde de la Asociación de Escritores Extremeños para esta temporada. Tengo la suerte de compartir la coordinación del Aula con Mario Lourtau. Esperamos estar a la altura de la gran labor que han hecho nuestras compañeras Pilar Galán y María Ángeles Pedrera.



Hostal Maravillas

La habitación rezuma cierto olor a repollo cocido que se percibe bajo el manto denso del ambientador industrial. La cama, de noventa, tiene el colchón hundido por el peso de muchos cuerpos; más parece una tumba antropomorfa, que no deja de ser un lugar destinado al descanso. Al menos las sábanas están limpias, o eso aparentan.
Los rayos del sol de una tarde que canta su agonía se cuelan para delatar miles de partículas de polvo, que en vuelo azaroso brillan como el confeti de la fiesta más triste.
Han ahorrado durante dos semanas para alquilar la habitación por una noche que le proporcionará la intimidad imposible de conseguir en ningún otro rincón, por oculto o sórdido que fuera. Poco les importa que el baño sea un cuartucho compartido que apesta a orines al final del pasillo. Llevan una provisión suficiente de pañuelos de papel y de toallitas húmedas para asearse sin necesidad de salir.
Uno, con las manos temblorosas, busca en el dial de una radio desvencijada que reposa en la mesita de noche una emisora musical. La pone bajito, para que ningún huésped delicado rompa la magia con una reclamación inoportuna. El otro saca de la mochila dos latas de cerveza bien frías, que le han comprado al vendedor ambulante de la esquina, y las coloca con cuidado sobre un escritorio cojo que nunca ha vivido tiempos mejores. Interpretan cada uno su papel en un preludio bien ensayado.
Luego se sientan en el borde de la cama, se miran en silencio, se sonríen con timidez y beben cerveza a sorbos cortos mientras contemplan con desgana el cuadro desvaído de un paisaje marino que cuelga torcido en la pared. Esperan con cierta impaciencia a que llegue el momento tan deseado.
Llaman a la puerta. Tres golpecitos casi inapreciables, silencio y otros dos golpecitos, silencio y un golpecito más. Es la contraseña pactada. Se incorporan los dos a un tiempo. Una amalgama de miedo y emoción fluye por sus venas. Se abrazan antes de abrir la puerta, a modo de celebración anticipada y espontánea.
El intercambio es muy rápido y a penas ven su rostro, que cubre la sombra de la capucha que no se ha quitado en ningún momento. Un fajo de billetes pequeños por una bolsa de plástico que ni siquiera examinan para comprobar su contenido. No lo hacen hasta que no vuelven a sentarse en el borde de la cama, con la puerta bien cerrada.
Sacan el libro. No les han engañado. Es uno de los pocos ejemplares que se salvó de la quema. Durante las próximas horas podrán leer los textos prohibidos y tomar anotaciones antes de destruirlo para que no les condene, como ha condenado a tantos.

Convención de ventas

Hay una convención de vendedores en la playa. Aparcan sus «vehículos» junto a la orilla. Las carretillas de mano, de las que se usan en las obras, se convierten en el medio ideal para transportar por la arena las pesadas neveras de corcho cargadas de latas y botellas. Charlan un rato, todos parecen de la misma familia. Luego se despiden con efusión y cada uno toma su camino. Mientras empujan las carretillas bajo el sol abrasador de julio, tocan el silbato para llamar la atención y a veces pronuncian sus monótonas arengas comerciales. Un tal Miguel lleva la voz cantante. Los demás han tomado la ruta que les ha indicado. Nadie sabe, ni siquiera su madre, que echa la buenaventura cerca del puerto a los turistas, que para él será el último día de su vida.

Al caer la noche se implica en una reyerta por defender a un primo metido en un asunto de drogas. Hablan las navajas y las pistolas en un combate desigual.

Una semana después otros brazos llevarán la carretilla. Su madre traspasará el negocio. Las lágrimas son inútiles contra el hambre. A Miguel ya todo le dará igual.

El pálpito del castro

Estas piedras de mis ancestros
permanecen en la colina.
Sobre la tierra erosionada
late la Historia (la de siempre).
 
Pasado que regresa
si el canto suave de la brisa
me acaricia con olor a hierba.
 
Una vez por allí corretearon
niños; y las madres lloraron
cuando marcharon a la guerra,
para no volver nunca
o para volver con la inocencia
mordida por la sangre de otro hombre.
 
Tiene el lugar algo de sagrado,
algo de templo,
un vuelo de libélula
más allá de la fe.

Ficciones

Cada noche salía al campo para hablar con los muertos. Recorría los caminos iluminados por la luna. Nunca llevaba linterna, para no espantar a los espíritus. Esa costumbre le acarreó más de un tropiezo, pero el riesgo merecía la pena. Cuando percibía cualquier sonido se llenaba de esperanza. No tardó en aprender que la madrugada está plagada de criaturas que comienzan a vivir en el ocaso. Distinguía perfectamente la presencia de cualquier animal que merodeara por los alrededores. Jamás encontró muertos, aunque insistió hasta que, viejo y cansado, no pudo continuar con sus paseos nocturnos.

En los últimos años consiguió una especie de contacto onírico con sus ancestros. Sin necesidad de salir a buscar, las voces se agolpaban en su cabeza. Al amanecer escribía todo lo que recordaba de aquellas largas conversaciones.

Cuando murió, su hijo halló varios cuadernos con un material muy interesante. Meses después, un lujoso volumen recogía los textos de su padre. Fue un éxito de ventas y el hombre consiguió cierta fama póstuma. Aunque tal vez él no hubiera estado de acuerdo en que su obra apareciera en los anaqueles de ficción.

Eco que se desvanece

Miserables los que vacían
el odre viejo
cuando pasean su riqueza.
 
Otros, con los bolsillos descosidos,
guardan en sus pupilas
la sonrisa del sol naciente.
 
La gloria, como el eco de campana,
es efímera en el desierto
del almanaque.
 
{Vamos, hermana,
no te detengas
a contemplarles}.

 

Superposiciones

Los fuegos artificiales iluminan el cielo despejado. Cerca de allí, el campo aparece sembrado de cadáveres deformes. En unos segundos todo cambia. No hay color gris para los muertos, ni ningún color. Poco importa ahora tratar de señalar culpables. Pierden los que han sido segados por la guadaña implacable.

El eco de la música sobrevuela los gritos de los heridos y el sonido de las sirenas. Miles de almas celebran en ese momento la noche mágica, mientras el horror, al otro lado de la colina, parte los ánimos más firmes como si fueran cañas secas. Quizás en algún rincón se espera a alguien que no acudirá. Será la hora de las llamadas sin respuestas. Mañana no habrá esperas, pero hoy la ignorancia es el mejor elixir para el corazón, al menos hasta que la noticia corra como un reguero de pólvora.

Cuando el sol regrese, los diarios de la mañana se poblarán de fotografías macabras como si todo formase parte de un espectáculo. La vida seguirá con su latido constante para aquellos que tuvieron la fortuna de no encontrarse con el rostro de cuencas vacías.

El arte de resucitar

{Flor que nace del tronco muerto,
suspiro de la lluvia
     sobre un corazón de lija
o un verso acertado
     del último de los poetas}
          ↓
La vida brota inverosímil.

Aunque las piernas pesen como plomo,
seguimos adelante
regados de promesas.

Ego te absolvo

Desde el principio aquella cara le resultó conocida. «No es posible», pensaba. Se había marchado de allí con dos años. Su familia había muerto en oscuras circunstancias y un tío suyo se hizo cargo de él. Muy joven encontró la vocación y en cuanto tuvo la edad ingresó en el seminario. Había regresado a su pueblo natal como nuevo párroco, después de ordenarse y de varios años en las misiones. «Es la voluntad de Dios», se repetía en sus oraciones.

Los ojos de aquel viejo le eran muy familiares. Había algo en ellos que le daba miedo. Era una sensación extraña que no podía relacionar con nada, pero que le producía una honda inquietud.

El anciano, como buen devoto, fue a confesar una tarde. Entonces se despejaron todas las dudas. El hombre descargaba su conciencia a la vez que él cargaba el alma con pesadas alforjas. El secreto de confesión lo libraba de la justicia humana, pero no podía protegerlo de la sed de venganza.

Una noche, una patrulla de policía encontró al párroco en un apartado callejón cosiendo al viejo a puñaladas. Cuando lograron detenerlo, el hombre había muerto. Esposado y camino al coche de policía, el cura solo acertaba a decir: «Ego te absolvo...».

AULA JOSÉ MARÍA VALVERDE. TEMPORADA 2022/2023

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