Un instante de dulzura
Los avisó enseguida. Ellos le dijeron que tardarían una hora y entonces se le ocurrió la idea. Bajó a la pastelería del barrio y compró un San Marcos. Regresó a casa, fue hasta la habitación y se acercó a su madre. Con toda la paciencia que pudo, fue introduciéndole pedacitos de pastel en la boca. Al principio la tarea fue sencilla, pero luego la cosa se complicó, aunque no decayó su ánimo. Cuando terminó, la llevó a la cama y le quitó la ropa de estar por casa. Buscó en el armario su mejor vestido, aquel que estrenó en la comunión de la nieta pequeña hacía seis o siete años, y que se había puesto en contadas ocasiones. Le calzó unos zapatos casi nuevos como pudo, porque debido a la hinchazón de los pies no entraban bien. La peinó con cuidado y le limpió los restos de nata de los labios. Después la perfumó con la colonia que le había regalado por su cumpleaños y que estaba sin estrenar. Cuando llegaron los de la funeraria se quedaron asombrados al ver la cara de felicidad de...