Aunque nunca lo hubiera reconocido, siempre condicionó su vida a aquella predicción que una pitonisa de feria le hizo. Sucedió cuando aún era adolescente, en el interior de una barraca sucia que olía a orín de gato y a miseria. «Las cartas están muy claras», le dijo, «desearás ver siempre más allá del hoy. El futuro te quitará el sueño». Él la creyó, a pesar de que sabía que se encontraba frente a una charlatana capaz de disparar por su boca desdentada cualquier barbaridad con tal de pescar un puñado de monedas. Desde entonces no dejó de consultar a los adivinos que vendían sus servicios a altas horas de la madrugada a través del teléfono. Los anuncios de televisión, tan coloridos como horteras, prometían justo lo que él iba buscando. Se dejaba cada mes una pequeña fortuna para escuchar pronósticos contradictorios. Pasó el tiempo sin otra distracción que la de tratar de adelantarse a aquello que aún estaba por suceder. «Para estar preparado», se decía. Tanto fue así, q...