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Tarde de fiesta

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Cuando el toro sacó el cuerno de su abdomen, supo que apenas le quedaban unos segundos de vida. Aún pudo ver cómo varios hombres corrían hacia él para auxiliarlo. Mientras tanto, el animal acudía a la llamada de unos mozos al extremo opuesto del recinto improvisado con varios carromatos de madera. Los gritos del público fueron las trompetas de su apocalipsis particular. Quiso decir algo desde el suelo, antes de que lo recogieran, pero un vómito de sangre ahogó lo que hubieran sido sus últimas palabras. Después cayó en la espiral profunda que conduce al abismo de la nada. Media hora antes había dejado a Mariola en su casa, tras el baile de la tarde. Ella había aceptado la petición de matrimonio y valoraron fechas posibles para el acontecimiento. Luego se marchó con los amigos a celebrarlo a la plaza.  Al día siguiente la dicha se tornó en luto tanto en su hogar como en casa de su novia. Todos lloraron la desgracia, menos el padre de Mariola. Se encerró en la bodega y dio buena cuent...

Esperanza

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Cristales rotos por el suelo se clavan en tus pies. A punto de desmoronarte, los ojos, inundados de tinieblas, olfatean la hierba fresca de los campos de golf. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Marc Pascual en Pixabay

Animal

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No hubo forma de quitarle la muñeca de las manos. La apretaba con tal fuerza que ni el más robusto de los hombres fue capaz de arrancársela. Los miraba con un odio animal que espantaba. Un rencor de hembra a la que le acaban de arrebatar a su cría. Sus ojos habían agotado las lágrimas en los días previos. Ahora solo anidaba en ellos el fuego primitivo de la venganza. La arrastraron al maletero de un vehículo y allí la encerraron. Circularon a gran velocidad por una carretera de firme irregular. Ella recibía en su cuerpo los latigazos de cada curva. Conocía su destino; se habían encargado de recordárselo: una zanja en mitad del bosque, un disparo en la frente y una capa de cal viva. Después el olvido. Nadie la echaría de menos. En un segundo se produjo el impacto. Varias vueltas de campana la dejaron aturdida, pero el portón del maletero se abrió cuando el coche se detuvo. Salió tambaleándose, ilesa de milagro. La fiera estaba libre y pronto lo iban a saber. Microrrelato del libro  ...

Migajas

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Nos arrojan al suelo las migajas de los banquetes untadas en falsas promesas y en bisutería barata. Lamemos la mano del amo colmados de felicidad y vacíos de la razón. En la noche nos arremolinamos ciegos de miedo. No sabemos que el lobo que nos da de comer es el mismo que cada día sin piedad nos devora. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Daniel Reche en Pixabay

El líder

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Después de las lluvias torrenciales que arrasaron los campos, se encontraron perdidos. Vagaron por el territorio embarrado durante muchos días. Algunos, viejos y enfermos, carecían de fuerza para seguir un camino hacia la nada. Se dejaron devorar por unos depredadores más hambrientos y desesperados que ellos.  No había redención en un paraje atroz de fango y muerte. Pero cuando el final acechaba, apareció en el horizonte la imponente silueta de un gran macho. Se limitaron a seguirle con nuevas esperanzas. Tenían un guía, un líder capaz de llevarles a grandes praderas verdes, un lugar en el que no faltaría ni el alimento ni el sol tibio para calentar sus cuerpos enmohecidos por la persistente humedad. Le siguieron hasta un inmenso precipicio y allí desaparecieron. Deslumbrados por el tamaño descomunal de los testículos del macho, ninguno percibió la ceguera en sus ojos. Una vez más, los buitres ganaron la partida. Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa)...

Profecía

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Se respira el silencio, no hay voz que enturbie la armonía, los moradores comparten fortuna. Los enemigos irreconciliables son vecinos pacíficos y no se oye un lamento. Quizá estemos equivocados y entre estas lápidas se encuentre el anhelado paraíso. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de drippycat en Pixabay

Una taberna en Elvas

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El hombre llega a la taberna cuando el reloj de la torre marca las cuatro de la tarde. Es un rito que cumple desde que se quedó viudo hace quince años. Sus hijos echaron raíces en la capital.  Aquí, el trabajo escasea y el horizonte apunta hacia el inmenso Atlántico.  Entra en el local y solo entonces se quita la gorra. Viste de negro. Su tradición es llevar el dolor pegado a la piel. Nunca pensó en rehacer su vida, porque su existencia era ella. Solo le queda la rutina sencilla de la inercia, los paseos en primavera por el parque, la lectura del periódico en la biblioteca municipal y la conversación con algún amigo de la juventud para enumerar ausencias.  Su mano temblorosa lleva la taza a unos labios castigados por la intemperie y la terrible sequía de besos. Sus ojos, sin embargo, no son tan tristes. Reflejan el tiempo pasado y las cicatrices de los días felices. La esperanza es entonces el recuerdo: un rosario de cuentas cíclicas que desgrana cada tarde en la taberna ...