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Malabares

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A Javier se le pasaban los años esperando algo mejor. Cada amanecer era una tortura que sumaba al montón podrido de días anteriores. Por las noches conseguía dormir cuando se imaginaba tocado por una fortuna que siempre le pareció esquiva. «La suerte la tienen otros», se decía en una salmodia bien aprendida.  Una tarde que paseaba por el parque se detuvo a observar a un tipo que hacía malabares. Delante de él había una gorra de colores que apenas contenía un puñado de monedas de cobre. Las pelotas estaban más tiempo rodando por el suelo que en el aire, a pesar de los esfuerzos del artista. Varios niños se reían del hombre. El más atrevido le quitó una de las pelotas cuando cayó al suelo y se escapó a la carrera. El malabarista se quedó cruzado de brazos, siguiendo con la mirada al chiquillo. Otro de los mozalbetes le arrebató la gorra y huyó en sentido contrario. Entonces se sentó en el suelo, levantó la vista y sonrió a la copa de los árboles. Su rostro reflejaba un sosiego envidi...

El perro

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El perro sigue al dueño, lame sus pies y aguanta las patadas con la fidelidad inquebrantable. Espera los huesos: limosna indigna que alimenta la esclavitud. El perro gruñe si otro perro se acerca. Defiende el territorio, teme el destierro insoportable y la indiferencia de su señor. El perro quiere collar y cadena para ser más del amo. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Michele Palmieri en Pixabay

Cálculos

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Sus dedos volaban sobre el teclado de la calculadora con una velocidad endiablada. Tras una larga operación, tomaba la tira de papel impresa y, con absoluta seguridad, apuntaba el resultado. Después de diez años de oficio se había convertido en la administrativa más eficiente de la empresa.  Cuando los técnicos necesitaban realizar los cálculos más delicados, ella se encargaba de llevar a cabo la tarea con una destreza que dejaba boquiabierto a cualquiera.  Así se pasaba ocho horas al día de lunes a viernes, una semana tras otra. Incluso algunos sábados se prestaba voluntaria cuando se acumulaba el trabajo, sobre todo en la época de cierre del ejercicio. A pesar de esto, no cobraba más que sus compañeros de categoría, porque nunca había pedido un aumento de sueldo ni había querido cambiar de compañía, aunque ofertas no le faltaban.  Un mal día sucedió la tragedia. No pulsó la coma a tiempo y se dispararon las pérdidas. No se detuvo a comprobarlo porque nunca se equivocaba...

Titiriteros

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Un café solo, bien cargado. Salón de actos: tecnología punta. Formación excelente (o se supone). Soledad del artista, la presencia impecable. Pantalla inmensa. Luz y micrófono. Transmisión en directo. Monólogo brillante, audiencia aborregada. ¿Alguna duda? Nadie pregunta. Mil imágenes más... Alguien cabecea (no importa). Termina. Aplausos, aplausos, aplausos. Fin de jornada. Recoge bártulos. El público se marcha con sus hilos de marioneta en las extremidades. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de Alex Yomare en Pixabay

El bocazas

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No puedo evitarlo. Noto cómo me sube el calor y los latidos del corazón se aceleran, impulsados por unos nervios sin control. Entonces abro mucho la boca para escupir sapos y culebras. Una vez que comienzo, no puedo detenerme. En el mejor de los casos, todo pasa en unos minutos y vuelvo a mi estado original y apacible. En el peor de los casos, de tanto abrir la boca, termino por tragarme toda la ponzoña que suelta mi interlocutor alentado por mi naturaleza de víbora. Luego vuelvo a mi casa con dolor de estómago y de cabeza. A la indigestión propia de reptiles, tengo que sumar los ajenos. Así me condeno a una noche de sudores y pesadillas aderezada con la voz martilleante de mi conciencia que me susurra sin cesar: «¿Por qué eres tan bocazas, compañero?». Microrrelato del libro  Tornillería surtida   (descargar obra completa) . Imagen de GemmaRay23 en Pixabay

Absurdo

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Tus manos infantiles jugaban con pinturas. Manchabas la pared con colores absurdos y vibrantes, pequeño corazón de artista. La imagen no es más que un rescoldo humeante de otra época. Hoy, tu sangre vertida pigmenta la misma pared de forma absurda, mientras una sábana compasiva cubre los restos de lo que no serás. Poema del libro  Malos tiempos para ser sinceros   (descargar obra completa) . Imagen de MoscowMoms en Pixabay

Sin querer

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 Yo no lo quería matar, ya lo sabes. Ha sido un accidente. Solo pretendía que no se metiera debajo del mueble. No por nada, sino porque si se quedaba allí encerrado podía morir de hambre. Y mira, intentando su bien me lo he cargado. Cómo iba a pensar que el palo con el que quise auxiliarlo tenía una púa atravesada. También ha sido mala suerte, coincidencias terribles que hacen que las cosas terminen en tragedia. Vi que algo iba mal cuando se encogió y lanzó ese chillido agónico que me hizo estremecer. Se retorció varias veces antes de quedarse rígido. Y lo peor del asunto es que el niño lo ha visto todo. Ahora no me habla y me mira con verdadero pánico, como si fuera un monstruo. Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa) . Imagen de Pixabay