Las virtudes de la propiedad conmutativa

Me acosté con el marido de la que era mi mejor amiga, que entonces aún no lo era. Les presenté en una fiesta en la que coincidimos los tres. En aquellos días él era mi prometido y llevábamos un tiempo compartiendo sábanas y sueños de un futuro en común. Aquí, como en tantas cosas, podemos aplicar la propiedad conmutativa que dice que el orden de los factores no altera el producto. Lo irrebatible es que me acosté con él, que ahora es el marido de la que fue mi mejor amiga.

¿Cuándo se derrumbó todo? Aquel final sucedió entre turbulencias. Intenté actuar como una persona civilizada, aunque siempre me adelanté a sus movimientos sospechosos. Cada vez que me olía algo me iba de copas y me cepillaba al primero que se me ponía a tiro, por eso de compensar la traición. 

No les guardo ningún rencor, es verdad. ¿La policía? Un calentón lo tiene cualquiera. Después de veinte años hay cosas que todavía joden: la sonrisita cuando se cruzaron conmigo en la calle, el saludo en un tono tan burlón, esas miraditas.

Espero que cuando se recuperen retiren la denuncia. El juez me ha impuesto una multa que me costará pagar. Este hombre entiende poco de matemáticas y de proporciones. No creo que haya sido para tanto: un par de hostias por cabeza. Bien dadas, eso sí.

Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).

Imagen de 3D Illustrator and Graphic Designer en Pixabay


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