Un oficio sospechoso

Nunca tuvo muy claro a qué se dedicaba su padre. Él hablaba de «sus negocios» en un tono enigmático. Jamás se le ocurrió preguntarle, pero siempre le pareció sospechoso que a diario saliera a atender esos asuntos a partir de las diez de la noche. 

El niño se levantaba para ir al colegio. Si había suerte, se cruzaba con él, que en esos momentos regresaba al hogar. Su madre le servía la cena en la cocina, mientras el chico tomaba leche con magdalenas para desayunar. Apenas hablaban. Después, el hombre se retiraba al dormitorio; el muchacho cargaba con la mochila y ponía rumbo a la escuela. 

Cuando fue un poco más mayor, empezó a leer novelas y a ver películas de policías y ladrones. Entonces lo tuvo claro: su padre era un gánster. 

Durante esa temporada lo admiró como nunca. Aquel hombre taciturno habitaba en el peligro y se ganaba la vida al margen de la ley. 

No fue hasta su adolescencia cuando se atrevió a preguntarle a su madre. «Empleado del servicio municipal de limpieza», fue la respuesta que sintió como un mazazo y que le hizo despertar de sus sueños infantiles. En ese instante supo que el olor del que venía impregnado su padre cada mañana no era el aroma turbio de los bajos fondos.
 

Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).


Imagen de Mohamed Hassan en Pixabay


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