Cinco euros

Sales con cinco euros en el bolsillo porque después del trabajo irás a correr. Ni necesitas dinero ni te gusta llevar demasiado encima. No sabes que ese billete va a salvar a un viejo camarada. O al menos eso te ha dicho él cuando le has entregado sin dudarlo todo tu capital. Le has visto junto al escaparate de una lencería del centro. Tenía la mirada perdida en un antiguo teléfono móvil que en vano trataba de encender. «Estoy mal, intento llamar a un colega para que me deje algo de pasta, pero no hay forma», te ha dicho cuando le has preguntado por la vida y por esas cosas que se preguntan por cortesía, que siempre se resuelve con un «bien» o «tirando» que deja satisfechos al encuestador y al encuestado. Sin embargo, no te sorprende su respuesta. Intuyes que las cosas se le han torcido y recibes la sinceridad como un regalo en mitad de la tormenta de hipocresía diaria. En el acto de entregar el dinero no has visto caridad, ni solidaridad, ni nada de eso. Sabes perfectamente que no los necesita para comer sino para otros gastos que delata el vaho de alcohol que lo envuelve. Se los das por nada especial, porque después de todo es —o fue— tu amigo, porque os licenciasteis juntos como arquitectos de sueños en esa edad en la que uno deja de jugar al escondite y comienza a coleccionar besos, casi siempre imaginarios. Te preguntas en qué momento subisteis a trenes diferentes, en qué estación se separaron vuestros destinos. Deseas hablar más tiempo, tal vez para rescatarle de la trampa en la que está hundido, pero sabes que no hay redención. Te estrecha la mano, fría como el hielo. Se despide con una sonrisa de dientes rotos. Continúas tu camino con el sabor agridulce que te ha dejado el encuentro, y sin esos cinco euros en el bolsillo que servirán para alargar una noche más el aroma de la derrota.  

Al llegar a casa te conectas a Facebook. Ves en su muro un mensaje que huele a despedida. Tu nombre aparece en una lista muy corta de agradecimientos. Tomas el móvil. Con los dedos nerviosos buscas en la agenda. Le llamas. Una voz femenina y metálica te responde: «El número de teléfono no existe». En tu cabeza resonarán durante toda la madrugada esas dos últimas palabras.

Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay


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