El reloj perdido

El día que perdió el reloj creyó que iba a morir. Su vida se sostenía en aquella pequeña máquina que marcaba el pulso de lo cotidiano desde su primera comunión.

No concebía la idea de salir a la calle con su muñeca izquierda desnuda, tan pálida en el lugar que durante años cubrió la correa. Había clavado miles de veces las pupilas en unas agujas que a cada vuelta le hacían envejecer.

Encerrado entre las cuatro paredes de su habitación, esperó a que algo aconteciera. Cualquier cosa le hubiera venido bien para sacarle de ese estado de duelo en el que se había hundido, de esa angustia alojada en su garganta como un puñado de tierra. 

Se asomó al balcón y vio cómo el horizonte cambiaba: el rojo sangrante del crepúsculo fue la antesala de un lienzo oscuro que pronto lo tiñó todo. La noche llegó pese a que él ya no controlaba el paso de las horas.

Decidió salir a respirar aire fresco. Necesitaba llenar sus pulmones del aroma peculiar de las calles. Era como caminar con los ojos vendados, pero comprendió que el tiempo seguía su curso inexorable aunque ya no fuera espectador privilegiado del desfile interminable de los minutos.


Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).



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