El bocazas
No puedo evitarlo. Noto cómo me sube el calor y los latidos del corazón se aceleran, impulsados por unos nervios sin control. Entonces abro mucho la boca para escupir sapos y culebras. Una vez que comienzo, no puedo detenerme. En el mejor de los casos, todo pasa en unos minutos y vuelvo a mi estado original y apacible. En el peor de los casos, de tanto abrir la boca, termino por tragarme toda la ponzoña que suelta mi interlocutor alentado por mi naturaleza de víbora. Luego vuelvo a mi casa con dolor de estómago y de cabeza. A la indigestión propia de reptiles, tengo que sumar los ajenos. Así me condeno a una noche de sudores y pesadillas aderezada con la voz martilleante de mi conciencia que me susurra sin cesar: «¿Por qué eres tan bocazas, compañero?».
Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).

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