Cálculos

Sus dedos volaban sobre el teclado de la calculadora con una velocidad endiablada. Tras una larga operación, tomaba la tira de papel impresa y, con absoluta seguridad, apuntaba el resultado. Después de diez años de oficio se había convertido en la administrativa más eficiente de la empresa. 

Cuando los técnicos necesitaban realizar los cálculos más delicados, ella se encargaba de llevar a cabo la tarea con una destreza que dejaba boquiabierto a cualquiera. 

Así se pasaba ocho horas al día de lunes a viernes, una semana tras otra. Incluso algunos sábados se prestaba voluntaria cuando se acumulaba el trabajo, sobre todo en la época de cierre del ejercicio. A pesar de esto, no cobraba más que sus compañeros de categoría, porque nunca había pedido un aumento de sueldo ni había querido cambiar de compañía, aunque ofertas no le faltaban. 

Un mal día sucedió la tragedia. No pulsó la coma a tiempo y se dispararon las pérdidas. No se detuvo a comprobarlo porque nunca se equivocaba, o al menos eso creyó hasta entonces. Tuvo que ser la auxiliar en prácticas la que la sacara de su estupor cuando señaló con un rotulador rojo la cifra equivocada sobre la tira de papel. Aquello quedó en un pequeño susto, en una simple anécdota, pero desde entonces no volvió a ser la misma.


Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).


Imagen de Steve Buissinne en Pixabay

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