El arte de volar

Sarita, como la llamaban sus padres, dejó la carrera de Derecho al finalizar el tercer curso para irse a hacer malabares por los semáforos de las ciudades. El día que lo anunció en su casa, provocó un drama de dimensiones bíblicas. 

Guardó cuatro trapos dentro de una mochila y, al amanecer, la recogió un tipo delgado y barbudo en una furgoneta desvencijada. Su madre se tiraba de los pelos y gritaba a los cuatro vientos la tragedia, mientras que el padre permanecía cabizbajo y taciturno, tal vez pensando qué había hecho mal para que esto le ocurriera. 

Solo su abuela aplaudió, sin disimulo, la decisión de la joven. A ella le habían cortado las alas en cuanto le salieron las primeras plumas y quería que su nieta volara libre. Todavía tenía pegado al paladar el sabor de la sangre y guardaba como reliquia una colección de cicatrices profundas, las que penetran en el alma. El día que su nieta partió, de alguna manera la liberó a ella, que siempre había tenido los pies encadenados a la losa terrible de las convenciones.


Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).

Imagen de Silke en Pixabay


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