El escalador
«Con esa cara o es muy inteligente o es tonto de remate», pensó uno de sus profesores al pasar lista al inicio del curso, cuando lo vio sentado en la primera fila. Y aunque el muchacho no fue ningún lumbrera, tampoco parecía torpe. Supo aprovechar todas las circunstancias favorables para superar, sin mayor problema, curso tras curso.
En la universidad se le conoció por su astucia para enterarse de los trapos sucios de ciertos profesores que, a cambio de su silencio, le concedían favores en forma de los puntos necesarios para superar exámenes complicados.
Al terminar sus estudios se dedicó a la política. Cambió de bando las veces necesarias, hasta que se asentó definitivamente junto al árbol que mejor sombra le daba y que prometía la cosecha más sustanciosa. Llegado el momento, no tuvo escrúpulos en morder la mano que le alimentaba, para así subir ese peldaño anhelado.
Un giro inesperado en su vida y ciertas fotografías, en las que aparecía en el peor lugar y en el momento menos oportuno, dieron al traste con su prometedora carrera. Pero incluso en el destierro supo sacar partido a la situación. Allí abundaban los incautos y fue sencillo empezar de nuevo. Vivió sin estrecheces una temporada, hasta que dio con un tipo de pocas entendederas y de navaja fácil, pero desconfiado como nadie, que no dudó en rajarle cuando sintió el gélido aliento del engaño en la nuca.
Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).

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