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Mostrando las entradas etiquetadas como Microrrelato

Riqueza

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Tiene muchos más años en la piel que en el carné de identidad. Me sorprendió saber su edad, pero no quise juzgar. Procuro no hacerlo nunca, aunque no siempre lo consigo, sobre todo cuando las opiniones se mueven como lombrices que escarban en un légamo de incertidumbre. Me han dicho que conoce más ciudades que muchos viajeros ricos, que ha recorrido miles de kilómetros a lomos de la miseria y que su falta de apego a cualquier cosa material es su mejor tesoro para seguir adelante. A veces acude al comedor social, en otras ocasiones acepta los alimentos que le ofrecen algunos buenos samaritanos, pero nunca pide nada. Los últimos días del otoño lo han visto metido en un portal, envuelto en sus mantas, como un gusano de seda. Dicen que llevaba entre las arrugas de su cara la sonrisa de los triunfadores, de aquellos que pueden morirse tranquilos porque lo han conseguido todo en la vida. Microrrelato del libro Tornillería surtida ( descargar obra completa ) . Imagen de StockSnap en Pixabay

Un segundo

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Pretende volver a su pasado más reciente; a ese segundo previo en el que la advertencia se pierde en el aire estéril. Justo antes de los gritos y de la sangre diluyéndose en el agua. Desea despertar de la pesadilla, como tantas veces hizo de niño, pero sabe que la realidad le ha arrancado los párpados para que no se pierda ni un detalle del dolor al que está condenado. Los cimientos se le han derrumbado como un castillo de naipes, y con ellos las agendas habitadas de miles de propósitos.  Desde el primer momento fue consciente de que algunas aves emigrarían a tierras más tibias, tal vez las más amadas. «¿Pero quién soy yo para exigir el estigma de la jaula?», se pregunta. Su prisión solo a él le pertenece, por muchos afectos que reciba. Al amanecer se levantará para sentarse en una silla de ruedas. Cada día y cada hora escuchará esa voz que le reprocha haber dado aquel último salto fatídico. Microrrelato del libro Tornillería surtida ( descargar obra completa ) . Imagen de Lisa Re...

Barco varado

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Había llegado a esa edad en la que todo pasado le parecía un tiempo mejor. No recordaba, o no quería recordar, los días de lucha sin tregua, el sudor, el sacrificio, las noches de desvelos. Toda su historia quedó oculta. Solo permanecían en los anaqueles de su pensamiento los volúmenes que recogían los instantes más amables. No fueron pocos, pero no llegaban ni a la décima parte de los momentos en que la vida se ponía el traje de la vulgaridad para salir adelante.  Le ahogaba verse en el abismo de los años, porque para él envejecer era la derrota. Tal vez por eso se cosía un tiempo pretérito en la solapa, un adorno falso y plagado de omisiones. Sus conversaciones se apoyaban en los pedestales de una gloria que se había desvanecido con la niebla. Pocos estaban dispuestos a escucharle en su familia, y menos sus hijos, que hubieran preferido disfrutar de su día a día y no del olor a rancio de sus palabras.  Terminó predicando su credo en los bares del barrio. Allí los borrachos d...

El momento esperado

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A veces la soledad le obligaba a hablar en plural para aligerar su peso. Entonces la palabra «nosotros» retumbaba como una condena en aquella habitación vacía en la que se concentraban en un segundo todos los años pretéritos. No le quedaban fuerzas para imaginar el cañón frío de la pistola sobre su sien y se dejaba llevar sin otro afán que el de consumir el oxígeno necesario para que su corazón latiera un poco más allá de la noche. Opinaba que cada cual tenía lo que merecía y él, que en realidad solo se sentía incómodo cuando recordaba algún antiguo amor pasajero, era consciente de que aquella forma de vida le pertenecía por derecho propio. Lo que en realidad le atormentaba era el miedo a no saber dar un último paso hacia el vacío cuando llegara el momento, o peor aún, no saber reconocer ese momento tan esperado entre la amalgama de hojas de un calendario que se empeñaban en caer cada vez más veloces, como llamadas por un otoño perenne. Si el pulso le iba a temblar o no era lo de menos...

El arte de volar

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Sarita, como la llamaban sus padres, dejó la carrera de Derecho al finalizar el tercer curso para irse a hacer malabares por los semáforos de las ciudades. El día que lo anunció en su casa, provocó un drama de dimensiones bíblicas.  Guardó cuatro trapos dentro de una mochila y, al amanecer, la recogió un tipo delgado y barbudo en una furgoneta desvencijada. Su madre se tiraba de los pelos y gritaba a los cuatro vientos la tragedia, mientras que el padre permanecía cabizbajo y taciturno, tal vez pensando qué había hecho mal para que esto le ocurriera.  Solo su abuela aplaudió, sin disimulo, la decisión de la joven. A ella le habían cortado las alas en cuanto le salieron las primeras plumas y quería que su nieta volara libre. Todavía tenía pegado al paladar el sabor de la sangre y guardaba como reliquia una colección de cicatrices profundas, las que penetran en el alma. El día que su nieta partió, de alguna manera la liberó a ella, que siempre había tenido los pies encadenados a...

Pasa la vida

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Cuando aquel niño le llamó «señor» al preguntarle la hora, lo hundió en una espiral de la que no se sale nunca. Ni el espejo había sido tan cruel. Entonces Ramiro pensó en su abuela. A ella todas sus amigas le parecían unas viejas. Su espíritu, animoso y alegre, le impedía verse como tal. Pero su abuela era muy anciana, tanto o más que sus amigas, de eso no había duda. Ramiro arrastra un saco cada vez más pesado de recuerdos y ve por delante menos trayecto que recorrer. Ha llegado a una etapa en la que solo puede arrepentirse de aquello que no se atrevió nunca a hacer, que son, por desgracia para él, demasiadas cosas. Los trenes que han pasado ya no volverán a la estación donde languidece un día tras otro. Hace balance cada mes para comprobar, con tristeza, su naturaleza estática de muro. Pasea por las calles y se dedica a vampirizar con los ojos a la juventud. Se fija en las pieles frescas y en los labios que prometen las cerezas del verano, ahora que el otoño le cubre de una hojarasc...

Un instante de dulzura

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Los avisó enseguida. Ellos le dijeron que tardarían una hora y entonces se le ocurrió la idea. Bajó a la pastelería del barrio y compró un San Marcos. Regresó a casa, fue hasta la habitación y se acercó a su madre. Con toda la paciencia que pudo, fue introduciéndole pedacitos de pastel en la boca. Al principio la tarea fue sencilla, pero luego la cosa se complicó, aunque no decayó su ánimo.  Cuando terminó, la llevó a la cama y le quitó la ropa de estar por casa. Buscó en el armario su mejor vestido, aquel que estrenó en la comunión de la nieta pequeña hacía seis o siete años, y que se había puesto en contadas ocasiones. Le calzó unos zapatos casi nuevos como pudo, porque debido a la hinchazón de los pies no entraban bien. La peinó con cuidado y le limpió los restos de nata de los labios. Después la perfumó con la colonia que le había regalado por su cumpleaños y que estaba sin estrenar.  Cuando llegaron los de la funeraria se quedaron asombrados al ver la cara de felicidad de...

Malabares

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A Javier se le pasaban los años esperando algo mejor. Cada amanecer era una tortura que sumaba al montón podrido de días anteriores. Por las noches conseguía dormir cuando se imaginaba tocado por una fortuna que siempre le pareció esquiva. «La suerte la tienen otros», se decía en una salmodia bien aprendida.  Una tarde que paseaba por el parque se detuvo a observar a un tipo que hacía malabares. Delante de él había una gorra de colores que apenas contenía un puñado de monedas de cobre. Las pelotas estaban más tiempo rodando por el suelo que en el aire, a pesar de los esfuerzos del artista. Varios niños se reían del hombre. El más atrevido le quitó una de las pelotas cuando cayó al suelo y se escapó a la carrera. El malabarista se quedó cruzado de brazos, siguiendo con la mirada al chiquillo. Otro de los mozalbetes le arrebató la gorra y huyó en sentido contrario. Entonces se sentó en el suelo, levantó la vista y sonrió a la copa de los árboles. Su rostro reflejaba un sosiego envidi...

Cálculos

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Sus dedos volaban sobre el teclado de la calculadora con una velocidad endiablada. Tras una larga operación, tomaba la tira de papel impresa y, con absoluta seguridad, apuntaba el resultado. Después de diez años de oficio se había convertido en la administrativa más eficiente de la empresa.  Cuando los técnicos necesitaban realizar los cálculos más delicados, ella se encargaba de llevar a cabo la tarea con una destreza que dejaba boquiabierto a cualquiera.  Así se pasaba ocho horas al día de lunes a viernes, una semana tras otra. Incluso algunos sábados se prestaba voluntaria cuando se acumulaba el trabajo, sobre todo en la época de cierre del ejercicio. A pesar de esto, no cobraba más que sus compañeros de categoría, porque nunca había pedido un aumento de sueldo ni había querido cambiar de compañía, aunque ofertas no le faltaban.  Un mal día sucedió la tragedia. No pulsó la coma a tiempo y se dispararon las pérdidas. No se detuvo a comprobarlo porque nunca se equivocaba...

El bocazas

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No puedo evitarlo. Noto cómo me sube el calor y los latidos del corazón se aceleran, impulsados por unos nervios sin control. Entonces abro mucho la boca para escupir sapos y culebras. Una vez que comienzo, no puedo detenerme. En el mejor de los casos, todo pasa en unos minutos y vuelvo a mi estado original y apacible. En el peor de los casos, de tanto abrir la boca, termino por tragarme toda la ponzoña que suelta mi interlocutor alentado por mi naturaleza de víbora. Luego vuelvo a mi casa con dolor de estómago y de cabeza. A la indigestión propia de reptiles, tengo que sumar los ajenos. Así me condeno a una noche de sudores y pesadillas aderezada con la voz martilleante de mi conciencia que me susurra sin cesar: «¿Por qué eres tan bocazas, compañero?». Microrrelato del libro  Tornillería surtida   (descargar obra completa) . Imagen de GemmaRay23 en Pixabay

Sin querer

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 Yo no lo quería matar, ya lo sabes. Ha sido un accidente. Solo pretendía que no se metiera debajo del mueble. No por nada, sino porque si se quedaba allí encerrado podía morir de hambre. Y mira, intentando su bien me lo he cargado. Cómo iba a pensar que el palo con el que quise auxiliarlo tenía una púa atravesada. También ha sido mala suerte, coincidencias terribles que hacen que las cosas terminen en tragedia. Vi que algo iba mal cuando se encogió y lanzó ese chillido agónico que me hizo estremecer. Se retorció varias veces antes de quedarse rígido. Y lo peor del asunto es que el niño lo ha visto todo. Ahora no me habla y me mira con verdadero pánico, como si fuera un monstruo. Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa) . Imagen de Pixabay

Valor

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 Al héroe le flaquearon las piernas cuando le sacaron al patio para fusilarlo. Se orinó encima al cubrirle el rostro con una capucha negra. Gimió, lloró y pidió clemencia a gritos antes de que se oyera la orden fatal. Nada de esto se recogió en el parte de aquel día, que se cerró con la frase tantas veces repetida: «El condenado ha fallecido con valentía y honor».  El sargento y los soldados que formaban el pelotón conocían el rostro de la muerte y el roce helado de sus dedos. Nadie se atrevía a jactarse ante un trance así. Con los tiempos que corrían, cualquiera podía ser el siguiente. Microrrelato del libro  Tornillería surtida   (descargar obra completa) . Imagen de Republica en Pixabay

Tarde de fiesta

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Cuando el toro sacó el cuerno de su abdomen, supo que apenas le quedaban unos segundos de vida. Aún pudo ver cómo varios hombres corrían hacia él para auxiliarlo. Mientras tanto, el animal acudía a la llamada de unos mozos al extremo opuesto del recinto improvisado con varios carromatos de madera. Los gritos del público fueron las trompetas de su apocalipsis particular. Quiso decir algo desde el suelo, antes de que lo recogieran, pero un vómito de sangre ahogó lo que hubieran sido sus últimas palabras. Después cayó en la espiral profunda que conduce al abismo de la nada. Media hora antes había dejado a Mariola en su casa, tras el baile de la tarde. Ella había aceptado la petición de matrimonio y valoraron fechas posibles para el acontecimiento. Luego se marchó con los amigos a celebrarlo a la plaza.  Al día siguiente la dicha se tornó en luto tanto en su hogar como en casa de su novia. Todos lloraron la desgracia, menos el padre de Mariola. Se encerró en la bodega y dio buena cuent...

Animal

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No hubo forma de quitarle la muñeca de las manos. La apretaba con tal fuerza que ni el más robusto de los hombres fue capaz de arrancársela. Los miraba con un odio animal que espantaba. Un rencor de hembra a la que le acaban de arrebatar a su cría. Sus ojos habían agotado las lágrimas en los días previos. Ahora solo anidaba en ellos el fuego primitivo de la venganza. La arrastraron al maletero de un vehículo y allí la encerraron. Circularon a gran velocidad por una carretera de firme irregular. Ella recibía en su cuerpo los latigazos de cada curva. Conocía su destino; se habían encargado de recordárselo: una zanja en mitad del bosque, un disparo en la frente y una capa de cal viva. Después el olvido. Nadie la echaría de menos. En un segundo se produjo el impacto. Varias vueltas de campana la dejaron aturdida, pero el portón del maletero se abrió cuando el coche se detuvo. Salió tambaleándose, ilesa de milagro. La fiera estaba libre y pronto lo iban a saber. Microrrelato del libro  ...

El líder

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Después de las lluvias torrenciales que arrasaron los campos, se encontraron perdidos. Vagaron por el territorio embarrado durante muchos días. Algunos, viejos y enfermos, carecían de fuerza para seguir un camino hacia la nada. Se dejaron devorar por unos depredadores más hambrientos y desesperados que ellos.  No había redención en un paraje atroz de fango y muerte. Pero cuando el final acechaba, apareció en el horizonte la imponente silueta de un gran macho. Se limitaron a seguirle con nuevas esperanzas. Tenían un guía, un líder capaz de llevarles a grandes praderas verdes, un lugar en el que no faltaría ni el alimento ni el sol tibio para calentar sus cuerpos enmohecidos por la persistente humedad. Le siguieron hasta un inmenso precipicio y allí desaparecieron. Deslumbrados por el tamaño descomunal de los testículos del macho, ninguno percibió la ceguera en sus ojos. Una vez más, los buitres ganaron la partida. Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa)...

Una taberna en Elvas

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El hombre llega a la taberna cuando el reloj de la torre marca las cuatro de la tarde. Es un rito que cumple desde que se quedó viudo hace quince años. Sus hijos echaron raíces en la capital.  Aquí, el trabajo escasea y el horizonte apunta hacia el inmenso Atlántico.  Entra en el local y solo entonces se quita la gorra. Viste de negro. Su tradición es llevar el dolor pegado a la piel. Nunca pensó en rehacer su vida, porque su existencia era ella. Solo le queda la rutina sencilla de la inercia, los paseos en primavera por el parque, la lectura del periódico en la biblioteca municipal y la conversación con algún amigo de la juventud para enumerar ausencias.  Su mano temblorosa lleva la taza a unos labios castigados por la intemperie y la terrible sequía de besos. Sus ojos, sin embargo, no son tan tristes. Reflejan el tiempo pasado y las cicatrices de los días felices. La esperanza es entonces el recuerdo: un rosario de cuentas cíclicas que desgrana cada tarde en la taberna ...

Un quiosco en Lisboa

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No hay nada como una cerveza después de un viaje. Saborear la esencia de Lisboa en cada detalle al ritmo de jazz y de fado en un pequeño quiosco-bar. Está regentado por un hombre con edad para jubilarse. Parece increíble la cantidad de mercancía que almacena en tan poco espacio. Hay un cartel que dice que tiene la mejor sangría ya no de Lisboa, sino de Portugal. Siempre he admirado ese aire de valentía temeraria, que no de inconsciencia o soberbia; ese afán de no aparentar ser el primero, sino de creerlo firmemente. El hombre, con su cigarrillo entre los dedos, charla con los parroquianos: chicos jóvenes, algunos con guitarras en sus fundas. A todos les ha servido un platillo con cacahuetes o altramuces. Menos a mí, porque creo que ha detectado desde lejos que solo soy un viajero de paso con el que tampoco merece la pena deshacerse en atenciones. En cualquier caso, el ambiente y el encanto de ese rincón se graba en mi retina.    Microrrelato del libro Tornillería surtida (des...

Mal presentimiento

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Cuando añadí su número de teléfono a la agenda, tuve la sensación agridulce de un presentimiento extraño. Sabía que no debía hacerlo, que me traería problemas. Por otro lado, una atracción irremediable palpitaba en mis venas sedientas de emociones nuevas. No sé cuántas veces, a lo largo de los meses siguientes, intercambiamos mensajes y llamadas. Luego siguieron los encuentros clandestinos en los lugares más infames y disparatados.  Todo acabó cuando debería haber empezado. Mi mujer descubrió sus fotos en mi correo electrónico. Fue una torpeza imperdonable por mi parte. Ahora que mi divorcio es un hecho, ella también me ha dejado. Creo que no le interesa un tipo solitario como yo, con poco dinero y menos futuro. Microrrelato del libro  Tornillería surtida   (descargar obra completa) . bajo la Licencia de contenido de Pixabay

Tanta belleza

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Con los primeros rayos del sol, que marcaban el preludio de la primavera, se vistió con colores vivos y decidió desterrar el gris invernal. Al principio pasó desapercibida, como una más. Poco a poco fue destacando del resto. Los que caminaban junto a ella admiraban su gracia. Algunos atrevidos, con cierto descaro, se aproximaban tanto que casi la rozaban. Así conseguían robar una bocanada del perfume fresco de su piel. A ella le agradaban aquellos juegos, le parecían divertidos. Nunca había soñado atraer así, con ese don mágico y natural. Pasaron los días y, en el ecuador de la estación, aparecía más hermosa y deseable que nunca. Pero una mañana no se la volvió a ver. Nadie supo explicar la ausencia, aunque hubo muchas especulaciones. Comentaron algunos que fue la envidia, otros que una mente perversa se encaprichó de ella y la secuestró. Unos cuantos decían que tenía enemigos que la odiaban a muerte. Fuera como fuera, una mano arrancó aquella rosa dejando un poco huérfano el jardín. M...

El reloj perdido

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El día que perdió el reloj creyó que iba a morir. Su vida se sostenía en aquella pequeña máquina que marcaba el pulso de lo cotidiano desde su primera comunión. No concebía la idea de salir a la calle con su muñeca izquierda desnuda, tan pálida en el lugar que durante años cubrió la correa. Había clavado miles de veces las pupilas en unas agujas que a cada vuelta le hacían envejecer. Encerrado entre las cuatro paredes de su habitación, esperó a que algo aconteciera. Cualquier cosa le hubiera venido bien para sacarle de ese estado de duelo en el que se había hundido, de esa angustia alojada en su garganta como un puñado de tierra.  Se asomó al balcón y vio cómo el horizonte cambiaba: el rojo sangrante del crepúsculo fue la antesala de un lienzo oscuro que pronto lo tiñó todo. La noche llegó pese a que él ya no controlaba el paso de las horas. Decidió salir a respirar aire fresco. Necesitaba llenar sus pulmones del aroma peculiar de las calles. Era como caminar con los ojos vendados,...