Malabares

A Javier se le pasaban los años esperando algo mejor. Cada amanecer era una tortura que sumaba al montón podrido de días anteriores. Por las noches conseguía dormir cuando se imaginaba tocado por una fortuna que siempre le pareció esquiva. «La suerte la tienen otros», se decía en una salmodia bien aprendida. 

Una tarde que paseaba por el parque se detuvo a observar a un tipo que hacía malabares. Delante de él había una gorra de colores que apenas contenía un puñado de monedas de cobre. Las pelotas estaban más tiempo rodando por el suelo que en el aire, a pesar de los esfuerzos del artista.

Varios niños se reían del hombre. El más atrevido le quitó una de las pelotas cuando cayó al suelo y se escapó a la carrera. El malabarista se quedó cruzado de brazos, siguiendo con la mirada al chiquillo. Otro de los mozalbetes le arrebató la gorra y huyó en sentido contrario. Entonces se sentó en el suelo, levantó la vista y sonrió a la copa de los árboles. Su rostro reflejaba un sosiego envidiable.

Javier continuó su camino después de contemplar la escena. Pensó en la cantidad de bolígrafos que había abandonado a medio uso y quedó abatido por la tristeza.

Microrrelato del libro Tornillería surtida (descargar obra completa).

Imagen de Hans en Pixabay


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