Perseguido
Estaban tan cerca que podía oler la pólvora que los impregnaba. El crujido de las ramas lo puso en alerta. Tuvo el tiempo suficiente de esconderse con premura detrás de unas piedras. Sabía que no había piedad para el que asomara la cabeza. El miedo se apoderó de su cuerpo. Tenía que regresar a su hogar; allí estaban los más pequeños, indefensos, a merced de aquellos torturadores a los que no les temblaría el pulso si llegaban a descubrirlos. Salir del refugio, correr, localizar a sus hijos y escapar de nuevo, como tantas otras veces. Era la única alternativa. Percibía sus voces en susurros, el roce metálico de las armas y las hojas quebradas bajo la suela de sus botas. Esperó muy quieto, respirando muy despacio, hasta que le pareció que se alejaban. Entonces salió a toda prisa de su cobijo, en dirección contraria a la que se encontraban los hombres. Sintió la brisa y aspiró de nuevo la libertad. Una voz se alzó sobre cualquier otro sonido: —¡Ahí está! El disparo tronó mientras una...