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Mostrando las entradas etiquetadas como Circo

Monito de circo

El mono solloza por una perla de sabiduría con la que amordazar la médula de la risa, el delirio del sistema métrico y el lugar en el que anidan los fetos de la burla. En el umbral embarrado de la desesperación un plátano podrido no es consuelo cuando por los vitrales del alma se cuela un halo de pálido odio. Y no hay peores cerrojos que aquellos transparentes que unen las cadenas alrededor del pescuezo de una voluntad tallada en papel de seda. (del poemario Circo)

Equilibrios complicados

Amarte fue hacer equilibrios sobre una pelota y plantarle cara a un suburbio lóbrego de tiempo apuntalado en el glaciar de tus besos. No por esperada la punzada en mis pies fue menos funesta cuando un alfiler arrancado de tus vísceras me hizo perder la armonía. Sin pelota que sostenga un nimio fragmento de mí solo me queda claudicar y agazaparme lejos del torrente de luces. (del poemario Circo)

El hombre bala

Soy el increíble hombre bala, igual que tú, aunque no lo sepas o no quieras reconocerlo. Mi vida es meterme en un cañón en la mañana del lunes y salir disparado hacia el fin de semana. Errores de cálculo lógicos hacen que a veces me pase del objetivo y que me estrelle contra un martes o miércoles de otra semana. Volver a la boca oscura, medir la pólvora y apuntar para ser el más rápido de todos es lo que queda. (del poemario Circo)

Sobre el monociclo

Bajo el barniz que abriga un corazón férvido pulula un deseo montado en monociclo. La rueda avanza y retrocede temblando, como labios de mendigo salpicados de amanecer. Parece que el azar es el guía de cada pedalada y la estación nunca se alcanza en un tiempo que siempre llega. Cuando la música calle y el artista salte del sillín columbrar desde la hondonada será la recompensa. (del poemario Circo)

El último unicornio

Muchos pensarán que sucumbí al señuelo, que me dejé la razón olvidada en una esquina cuando me acariciaste con tus ofrendas. Lo cierto es que entré sabiendo que mentías. Hace muchos años que no creo en unicornios, pero tú no tenías ni idea de eso y preferí que te bañaras en laureles de plástico, tal vez porque entonces fingíamos querernos. (del poemario Circo)

Inocencia

Sentir el fulgor de los colores sobre lo desvaído de la miseria es habilidad reservada a corazones pueriles. La candidez y el asombro tejen ese velo que no permite intuir la lágrima y la fatiga bajo el maquillaje del payaso. Ya me gustaría guardar en mi bolsillo —hace años descosido— unos gramos de aquello que perdí con el beso de una polilla. (del poemario Circo)

Giros

Giran los aros en diabólica sincronía con las agujas del reloj que marca el tiempo baldío. Cada gota es un número de circo que se ofrece al paladar de un espectador sordo, ciego o estúpido (en el mejor de los casos). (del poemario Circo)

Mozo de pista

Sueña con trapecios, con mazas de malabares, con cuerdas flojas o narices de roja goma-espuma, mientras pisa el vestido de otra aurora que no es más que el preludio de la rutina que campanillea en sus oídos. Limpiar las inmundas jaulas —alguien tiene que hacerlo— y echar de comer a las fieras con las que otros se lucen, son un par de cuentas del collar que visten los callos de sus manos. Rehén de un laberinto sin fisuras que solo abre salidas equivocadas a medio metro del abismo, queda petrificado en el transcurrir de un tiempo gris que a pesar de todo es suyo. (del poemario Circo)

Cementerio de elefantes

Una vorágine de tardes clónicas penetra en las vértebras de los elefantes. El final del camino es destejer la esperanza en los ojos cuando un mozo enfermizo amarra las patas al tedio. Aplastado por los años el más viejo de la manada mata por morir sobre huesos ancestrales. Agazaparse bajo un cielo que nada más existe en los carteles no es alivio para los que habitaron la inmensidad de la sabana. No solo respirar es la vida y el cementerio no es un mítico lugar de África, sino una sucia escombrera en los arrabales de la razón. (del poemario Circo)

Juegos malabares

Las manos hábiles no son la respuesta sino el camino a la respuesta. Una pelota de juegos malabares es un signo de interrogación prendido en el aire un instante antes de transformarse en monosílabo del álgebra de Boole. Un monosílabo del álgebra de Boole  no da lugar a interpretaciones. (del poemario Circo)

El corazón del trapecio

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La angustia se palpa en unos ojos que siguen hipnotizados el vaivén del trapecio. ¡Redoble de tambor! ¡Más difícil todavía! ¡Doble salto mortal! Ángeles ingrávidos cruzan un firmamento de cables, lona y estrellas pintadas a brochazos. ¡Redoble de tambor! El corazón tiembla en la garganta durante un páramo de segundos. Estética de músculos perfectos atravesados por haces de miradas morbosas que anhelan el error como parte del espectáculo       ¡Triple mortal! Para inflamar el aire de alabanzas.    

La orquesta

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Cada momento su banda sonora. Alternar la alegría con el redoble de tambor y provocar que los dientes devoren uñas es oficio de maestros. Desde su rincón sombrío las notas visten           —como modistillas generosas— la gloria de los artistas. A veces la ausencia no se tiñe de silencio y la trompeta llora en las manos del payaso triste.     

Equilibrio

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Alcanzo con la punta de los dedos un suspiro de la luna y desde allí me cuelgo del alambre del funámbulo.   Los pájaros que se han colado bajo la lona que alberga las fieras me esquivan en disonante estampida, chocan unos con otros y caen:            fardos de carne muerta para festejo de fauces.    El equilibrio requiere concentración y ni aves desquiciadas ni manos fabricando sombras chinas empañan los ojos del artista que sabe lo que es palpitar sobre la cuerda floja.       

Exhibición ecuestre

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Los caballos giran por la pista animados por el chasquido del látigo. Sobre las crines de fuego planea la ceniza del reloj.   El niño, que guarda el molde del caballito de carrusel, se asusta. Cabalgo sobre lomos transparentes y salgo por la puerta de entrada. En mis pestañas anida el polvo peregrino de los cerrojos.